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viernes, septiembre 24, 2021

Dióxido de Cloro: una apuesta al riesgo innecesario

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El especialista del Hospital Garrahan Paulo Cáceres acerca sus impresiones sobre el eventual uso del Dióxido de Cloro. Y advierte sobre las funestas realidades que pueden sobrevenir en aquellos que se animen a ingerirlo sin medir los riesgos. La noticia del niño fallecido en Mendoza es clara en este sentido – Especial de Paulo Cáceres

Un analgésico y antiinflamatorio llamado Rofecoxib fue muy popular a principios del siglo XXI. Se comercializó con mucho éxito durante cinco años, hasta que fue retirado del mercado, en 2004. Esto fue porque su uso se relacionó con infartos de miocardio y accidentes cerebrovasculares. Aunque el porcentaje era bajo, las muertes se contaron por miles. 

La industria farmacéutica sabe que, de cada 10.000 compuestos sintetizados, 1.000 llegarán a la investigación con animales y solo 10 iniciarán pruebas en humanos. Quizás luego, alguno llegue a comercializarse en unos 10 a 15 años de muchos estudios, y miles de millones de dólares invertidos. Está claro que la enorme mayoría no llegará a poder estar disponible en una farmacia, especialmente por problemas de toxicidad.

Una larga historia. El producto no es novedoso; sí su aplicación.

En 2007, Andreas Kalcker, con aparente título de “biofísico” otorgado por una muy poco prestigiosa Open University of Advanced Sciences que, aun así, insiste en no recomendar los tratamientos de su ex-alumno), compra por internet ClO2, y luego de probarlo en su perro y en el mismo, de un día para el otro, dice haberse curado de su artritis reumatoide. Así es que habría dejado, repentinamente, de sentir dolores.

Andreas Kalcker, el especialista alemán que considera “milagroso” al producto.

Así, el Dióxido de Cloro, también llamado CDS, es promocionado como una “solución mineral milagrosa” (MMS, por sus siglas en inglés)

Sin investigación abierta y corregida por colegas, sin protocolos serios y evaluados por equipos multidisciplinarios, sin científicos que corroboren los resultados, en un ambiente innecesaria y desaconsejadamente secreto, sin invertir más que en un frasco y en el correo, asi de simple fue su “descubrimiento”.

El Dióxido de Cloro (ClO2) es un oxidante (no confundir con “oxigenante”)

El ClO2 es un gas, sintético (es decir que no existe de manera natural en el ambiente) que produce irritación solo con olerlo. Se utiliza para tratar y purificar agua, como blanqueante de telas, como desinfectante de superficies y para conservar la sangre, entre otros usos similares.

Paulo Cáceres, autor de esta nota, trabajando en su laboratorio.

Desde la década de 1950 ya se conocía la capacidad del ClO2 para matar o desactivar microorganismos tales como bacterias, hongos y virus, entre otros. 

En términos químicos, o físico-químicos, el ClO2 puede definirse como un oxidante, es decir que en una reacción de Óxido-Reducción toma electrones. Así es que reacciona con sustancias que ceden electrones, tales como muchas sustancias orgánicas, oxidándolas. Entre ellas, por supuesto, muchos microorganismos. 

El Dióxido de Cloro: ¿terapéutico?

Como otros antisépticos para superficies, el ClO2 avanzó popularmente comercializándose en dos recipientes separados, que se mezclan para generar el supuesto agente terapéutico. Uno con un producto que debe ser activado por el otro, por lo que el último es un “Activador”. Este “activador” es un ácido (que puede ser ácido cítrico ácido clorhídrico) que transforma el clorito de sodio en ClO2. 

Como se explicó más arriba, el Dióxido de Cloro puede oxidar cualquier tipo de molécula, porque no hace diferencia entre una célula del esofago o del intestino en relación con una bacteria o un hongo. Por ello, si pasa a la sangre, también oxida a la hemoglobina, formando metahemoglobina, que es incapaz de transportar el oxígeno en la sangre. Y es por ello que al oxidar a la hemoglobina, la sangre deja de tener la capacidad de oxigenar al organismo. Y eso es exactamente lo contrario de lo que afirman quienes aconsejan su uso. Es muy peligroso confundir “oxidar” con “oxigenar”.

Kalcker, en su página web y atento a las consecuencias legales, no hace recomendaciones terapéuticas. Sin embargo hay decenas de reportajes en los que explica claramente sobre los efectos “beneficiosos” del CDS sobre múltiples problemas de salud. Más allá del mecanismo de acción, el CDS termina siendo publicitado como efectivo contra la malaria, la diabetes, el asma, el autismo, el VIH, la depresión, el cáncer y muchas más enfermedades, incluida por supuesto el COVID-19.

En cuanto a la dosis, el mismo Kalcker explica, en sus muy convincentes videos en internet, que la dosis recomendada es “apenas el doble” de lo que recomiendan las agencias reguladoras para potabilizar el agua. Es decir que asume abiertamente que la ingesta de este producto oxidante “solamente” 100% superior al máximo recomendado.

Patentes y Trabajos “Científicos”

Se aduce que el ClO2 (CDS) está respaldado por muchas patentes y trabajos científicos. 

Primero vale aclarar que una patente es un resguardo legal para poder tener derecho comercial sobre un producto o servicio. Es decir, el potencial de poder cobrar dinero por uso o explotación de un producto o una tecnología. Registrar una patente no requiere de estudios que comprueben eficacia, y mucho menos toxicidad, sino descripciones generales de que haría y cómo funcionaría, sin mayores detalles. Es un concepto del ámbito del derecho comercial, totalmente diferente de lo que se requeriría en el ámbito sanitario o para la investigación clínica o preclínica. Por ello la historia de las patentes está repleta de registros de productos ridículos o insólitos, sin ninguna aplicación posible.

En cuanto a los trabajos científicos, aunque hay una cantidad de alrededor de 80 trabajos que circulan por internet o en cadenas de mensajes, estos casi no están actualmente disponibles en la web de Kalcker. ¿Quizás no están porque no los hay?

Es un antiséptico de superficie. Para eso sirve el dióxido de cloro. (imagen: Chequeado.com)

Buscando, es posible encontrar varios de esos trabajos. Revisando detalladamente la “bibliografía” que Kalcker dice que son su soporte científico, la mayoría de los textos se refieren a tests de eficacia como antiséptico o agente esterilizante para superficies, o en agua, sangre o hasta como un spray tópico contra virus, bacterias y hongos, en material inerte. También hay trabajos en cultivos celulares. Algunos evalúan la eficacia de un spray en animales. Ninguno de esos estudios es reciente o evalúa este nuevo coronavirus. Increíblemente algunos incluso son informes de toxicidad de organismos de EEUU, que indican algunos cuidados ante la posible exposición. Aún más llamativamente también hay documentos que no tienen nada que ver con el CDS. Solo hay dos documentos, de 1982, que muestran ausencia de toxicidad en humanos luego de su ingesta oral. Este estudio incluyó 60 personas, y hoy probablemente no se podría llevar a cabo por problemas éticos importantes. Otro estudio, también de ese año, fue hecho en ratones y no mostró toxicidad, pero su testeo fue muy limitado, y tampoco evaluó eficacia.

Kalcker dice tener estudios que le han borrado de Pubmed y de Researchgate. Mas alla de que es una acusación dificil de comprobar, lo cierto es que uno de esos estudios estan disponibles en unos pocos sitios web, y su calidad científica es pésima. Ese tipo de trabajos, que muestra el propio Kalcker, no cumple requisitos ni siquiera para publicarse en una revista barrial. Entonces, todos los estudios se limitan a lo descrito arriba. Es decir que no existe evidencia de eficacia basada en estudios científicos.

Anécdotas de casos

Publicar un trabajo científico puede ser difícil, porque requiere cumplir con muchas exigencias, y todo para lograr que los resultados arrojan la posibilidad de tener un producto seguro y eficaz. Así la población estará a resguardo. 

En la actualidad, mas de 30 millones de artículos recopilados en mas de 5000 revistas científicas publican información científica, que además aumenta mes a mes.

“No hay evidencia sobre eficacia del Dióxido de cloro en 25 años”. Paulo Cáceres

En estas revistas se pueden también publicar casos clínicos (aunque solo sea un caso), siempre que hayan sido seguidos de cerca, y que tengan evidencia.

Cuando un tratamiento no fue aprobado, en ocasiones puede acumularse evidencia de casos clínicos. Esto es asi también para algunos medicamentos. Sin embargo, en el caso del Dióxido de Cloro, no hay una sola publicación de eficacia en ninguna de estas revistas en los últimos 25 años. Ni siquiera de un solo caso aislado.

Toxicidad

Lo que sí existen son numerosos reportes de toxicidad, tales como irritación y ulceraciones esofágicas. y alteraciones sanguíneas graves, entre muchas otras. Además, provoca comprobados efectos mutagénicos, genotóxicos y aberraciones cromosómicas, comprobados en células vegetales y humanas. Toda esta evidencia está fácilmente accesible en reportes que fueron publicados en los últimos 40 años.

Religión, fe y demás

Todos tenemos derecho a creer o no. A tener una religión, u otra, o ninguna. Pero la fe, que puede ser parte de un tratamiento, no tiene que ver con que un compuesto tóxico tenga un efecto terapéutico. Aquí no se trata de creencias. La actividad científica no es una actividad religiosa La actividad relacionada al cuidado de la salud debe ser responsable y basada en datos que estamos obligados a evaluar seriamente: incluso si son reportes de casos. Toda la información debe ser evaluada de forma que contemple aspectos de seguridad y eficacia. Y si algo no sirve, se descarta. Y si es muy tóxico, también.

Una frase de Einstein refleja muy bien la forma en la que aceptamos o rechazamos algo, sea bueno o malo: “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.” Si nuestro prejuicio es perjudicial para nosotros, quizás seguiremos perjudicandonos, a pesar de las advertencias. Entre nosotros, el dicho diría: “no hay mas sordo que el que no quiere oir”. En todo caso vale estar atentos a los consejos peligrosos de ignorantes y/o aprovechadores, que utilizan a los mas vulnerables, quienes por falta de información o desconocimiento en la materia, pueden ser víctimas inocentes.

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