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sábado, septiembre 25, 2021

Relato: El abuelo, el nieto y las putas

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Un cuento con algo de ficcional y mucho de real permite una reflexión sobre la condición de la mujer y las mujeres. El autor lo sitúa a partir del diálogo entre un hombre mayor y su nieto.

“Supongo que cuando comiencen a leer este cuento creerán que se trata de una aventura donde el abuelo lleva a su nieto para su primera experiencia sexual, como ocurrió con aquellos que a priori pudieron leerlo. Tal vez el primer mensaje subyacente del cuento sea el de no prejuzgar, como también el de no juzgar a la mujer por la tarea que desempeña”.

Con esta advertencia, Eduardo “Balero” Torres el autor de la historia pone en contexto de qué va la historia.

Y no, no es así.

“El relato busca que el nieto aprenda a respetar a la mujer al margen de la actividad que desarrolle y que entienda las múltiples razones que la impulsaron a tomar determinadas decisiones, como así también el sacrificio y riesgos a los que está expuesta, pero esencialmente que rechace la condena social, injusta e hipócrita a la que se somete a estas mujeres, a diferencia de aquellas personas, hombres o mujeres, que la dejaron en ese estado de vulnerabilidad”.

Y remata su comentario con una frase lapidaria: “Hay putas que siempre son señoras”.

El abuelo, el nieto y las putas

En el domingo otoñal, el sol luminoso brillaba con timidez después de perder parte de su energía en el tórrido verano. Una que otra nube se interponía y opacaba aún más la luminosidad.

Alrededor de la larga mesa, una familia compartía el al-

muerzo dominguero. No eran muchos los integrantes, pero suficientes para que se desarrollaran chanzas, cargadas y también discusiones.

Ilustración de Maco Pacheco para el cuento de Balero Torres

El matrimonio de abuelos tenía dos hijos; una mujer, que les dio tres nietos: dos varones y una nena, y un hijo varón, casi cuatro años menor, que les dio una nieta. Todo apuntaba a que ese número de nietos no sería definitivo.

El nieto mayor, Lauti, interrumpió la conversación de los comensales y con la naturalidad de una persona que aparentaba tener más que sus once años se dirigió a su abuelo y preguntó:

–¿Abu, podés buscarme del colegio mañana?

–Sí, Lauti, puedo.

–Necesito hablar con vos –dijo el nieto, reflejando madurez en sus rasgos faciales todavía infantiles.

Entre abuelo y nieto las chanzas y conversaciones eran frecuentes y abiertas a todas las inquietudes del curioso menor.

La madre, un poco molesta ante el desconocimiento de la intención y motivos de su hijo preguntó:

–¿De qué necesitás hablar con tu abuelo?

–Cosas de hombres –contestó Lauti, en tanto los adultos intercambiaban miradas sugerentes.

A las dos de la tarde, con cronométrica precisión, la abuela se retiró, como era costumbre, a dormir la siesta. El resto continuó con la sobremesa.

Al día siguiente el cielo estaba sombrío, el sol se hacía extrañar y el triste color gris se imponía hasta en el follaje de los árboles que se erigían en las veredas.

El abuelo estacionó su camioneta en doble mano durante unos breves segundos, sobre la calle San Luis, en el microcentro de Posadas. En medio de la algarabía propia de los adolescentes cuando salen del colegio, Lauti esperó a que su abuelo frenara para abrir la puerta y sentarse a su lado; mientras se colocaba el cinturón de seguridad saludó:

–Hola, abuelo, ¡viniste!

–Obvio, así quedamos. ¿Cómo te fue en el colegio?

–Bien –dijo el niño mientras se quitaba la corbata verde que junto a las demás indumentarias conformaba el uniforme. –Y agregó: –algunas materias bien, me gustan y otras son un plomo al igual que los profesores.

El cine ha puesto una mirada gentil en las prostitutas como en Pretty woman.

–Siempre es así, Lauti. Hay excelentes profesores que hacen honor a la enseñanza y otros resultan muy pesados, como decís. ¿Ayer dijiste que querías conversar?

–¡Sí, abuelo, pero de hombre a hombre!

–Seguro, Lauti –dijo el abuelo mientras chocaban los puños del brazo derecho. –Bueno, ¿de qué querés hablar?

–Abuelo, quiero saber de las putas.

–¡Quéééé!

–Sí, abuelo, quiero hablar de ellas.

–En realidad me pedís para hablar de la humanidad y su historia.

–No entiendo lo que decís. Solo quiero saber cómo son, abuelo –dijo el nieto mientras la camioneta circulaba lentamente a causa del tránsito de esa hora. Por la vereda muchos transeúntes caminaban en una y otra dirección. Justo en esos instantes una señora se ubicó a la par de la camioneta que estaba estacionada ante la señal de un semáforo.

–¿Ves esa señora, abuelo?

–Sí  –contestó el hombre y preguntó: –¿Qué sucede con la señora?

–¿Cómo sé si es una puta o no, de qué manera las reconozco?

En Taxi driver, un joven De Niro quería proteger a una niña-prostituta (Jodie Foster)

–No creo que sea una de ellas, Lauti. En general las putas se visten con ropas muy llamativas, se maquillan excesivamente y trabajan en determinadas zonas o lugares. –Hizo una pausa y continuó–: En realidad, antes y en algunos lugares se las identificaba de esa manera, pero muchas pueden serlo y no se diferencian de las demás mujeres que desarrollan otras actividades, como actrices, conductoras de televisión o cualquier otra profesión.

–¿En serio? ¿Cuál es la forma de solicitar su servicio, abu?

El hombre mayor reflexionó sobre la inquietud de su nieto mayor y la mejor forma de encarar el diálogo. Optó por satisfacer sus inquietudes y luego procurar darle instrumentos que lo ayudaran a reflexionar sobre el comportamiento humano y social.

–Haremos una cosa, Lauti. Contestaré tus preguntas y después conversaremos sobre mi visión con respecto a las trabajadoras sexuales.

–¡Dale, abuelo, de diez!

–¿Qué más querés saber?

–Cuando estoy frente a una, ¿debo preguntarle el costo de su servicio?

–Sí, claro –contestó el abuelo, en tanto reflexionaba sobre la precocidad de los chicos de hoy comparados con los de su generación.

–¿Abuelo, hacen pete?

–Mierda –pensó el abuelo y contestó–: sí, Lauti, seguro que ellas mismas explicarán lo que ofrecen y los costos, pero dejame decirte algo.

–Sí, de una, abuelo.

–Creo, aunque no estoy seguro, que es habitual que las putas despierten interés en la medida que tus hormonas hagan lo mismo e inicies la adolescencia. Pero si aceptás mi consejo, te diría que nunca inicies tu vida sexual con una ellas. –Hizo una pausa y continuó ante el curioso y atento nieto–. El sexo es maravilloso y sublime, como así también fue catalogado y estigmatizado como algo sucio y pecaminoso por muchos religiosos tanto o más hipócritas que la propia sociedad; además, muchos de ellos son y fueron siempre habitués de las putas.

Una reciente serie de Netflix, Sky rojo, volvió a poner en el tapete a las prostitutas

Hizo otra pausa y continuó:

–Como te decía, Lauti, no es bueno que comiences tu vida sexual con una de ellas, no te apures; con seguridad en algún momento encontrarás a alguna chica con las mismas necesidades y tendrán la oportunidad de descubrir el sexo de acuerdo con las experiencias que vayan adquiriendo de manera que puedan disfrutar plenamente de cada una. Si comenzaras con una puta anularías la maravillosa evolución de la relación sexual y el incomparable placer del descubrimiento. Es más, creo que cuando te iniciás con una de ellas existe alta probabilidad de que luego, las relaciones con chicas de tu edad te aburran porque no tienen la experiencia ni los conocimientos de una profesional.

–Sucede, abuelo, que me parece imposible que alguna chica desee experimentar conmigo o con mis amigos, no nos dan bola y siempre miran a los más grandes, por eso con ellos analizamos la posibilidad de conocer alguna puta y les dije que hablaría con vos.

–Gracias, Lauti, por la confianza, ya conocés mi opinión y reitero, no es aconsejable iniciarse sexualmente con ellas.

–Creo que tenés razón, abuelo, vamos a remar con las chicas, entonces. Dijiste también que hablaríamos de temas relacionados con las putas.

–Sí, porque creo que cuando plantearon la posibilidad de estar con una puta, lo hicieron casi despectivamente y ante todo deben asumir que son mujeres, la mayoría muy dignas y no por ser trabajadoras sexuales deben dejar de ser respetadas.

–Pero abuelo, todos hablan mal de ellas.

–Nieto querido, lamentablemente en esta sociedad la mayoría de las personas prejuzgan y opinan de los demás con extremada liviandad y no es una buena costumbre. Te pido que reflexionen sobre sus intenciones porque muchos, para iniciarse sexualmente pensaron en una puta, al igual que la infinidad de hombres que recurren a ellas para satisfacerse, solteros, casados, adolescentes y viejos, normales y perversos; todos pagan para tener sexo con las putas y a ninguno de ellos se los juzga como inmorales y malas personas, como hacemos con ellas.

–Es verdad, abuelo; no había pensado de esa manera.

–No te culpes, Lauti, no es tuya la culpa. Son los valores distorsionados de nuestra sociedad, de las religiones que deforman la realidad y los principios cristianos y también son responsables las escuelas que esconden la basura debajo de la alfombra. Me gustaría saber, Lauti, si cada vez que juzgan a una puta conocen su pasado, las razones que la llevaron a esa actividad. –Hizo una larga pausa y luego continuó hablando–. En varias provincias argentinas, muy católicas, los prostíbulos eran legales y la cantidad de estos lugares estaba relacionada con la cantidad de iglesias y capillas. Sin duda muchos “caballeros piadosos y poderosos”, después de confesar sus pecados y comulgar, terminaban en los brazos o entre las piernas de alguna puta, a quien condenaban públicamente.

–¿Es verdad lo que decís, abuelo?

–Obvio, Lauti. No voy a engañarte porque deseo que seas un hombre serio, humanitario y que tu juicio no se contamine de maldad ni que lo disfraces con hipocresía. En su momento Jesús dijo: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, justamente cuando pretendían apedrear a una mujer adúltera. Una vez, con un amigo, hicimos un programa de televisión y uno de radio…

–¿En serio, abuelo?

–Sí, y en uno de ellos tratamos el tema de la prostitución y te afirmo, querido nieto, que fue muy esclarecedor. Conocimos a muchas putas y como conclusión quiero asegurarte que hay que tener los ovarios bien puestos y ser muy mujer para desarrollar esa actividad.

–¡Abuelo, hablás como si las admiraras!

–Puede ser; no sé si es admiración, creo que aprendí a respetarlas… Una vez conocimos a una señora vestida humildemente, sin maquillajes, con ropas muy sencillas y con zapatillas, diferente de las demás. Hablamos con ella para convencerla de que accediera a ser grabada manteniendo oculta su identidad y pago mediante, aceptó.

–¡Qué zarpado, abuelo!

–Esa señora era madre de tres hijos pequeños, su marido la había abandonado y para subsistir comenzó a trabajar como doméstica para una familia con un sueldo miserable, que no le alcanzaba para alimentar a sus hijos ni tenía un lugar donde dejarlos. Vivía en un rancho, en una de las villas, y una vecina le dijo que podía cuidarlos de noche porque durante el día trabajaba también. Recuerdo su inocencia manifiesta cuando nos relató que preguntó sobre el trabajo que podía hacer a la noche. La respuesta de la vecina fue contundente cuando contestó que el trabajo era de puta. En principio sorprendida, se negó rotundamente, pero ante la realidad de la miseria y la confesión de su interlocutora, que le dijo que había hecho la calle durante mucho tiempo hasta que, como puta, conoció a su marido, lo cual le permitió salir de la actividad, se decidió. Bueno, esa señora, ante la falta de opciones, comenzó a caminar la calle y su primer ingreso fue el dinero que le dimos por grabarla. Lauti, lo de ella no fue una elección, probó con otro trabajo que condenaban al hambre y a la miseria a ella y a sus hijos. Fueron las circunstancias las que la obligaron a trabajar de puta y esa actitud merece mis respetos por su dignidad de mujer que sacrifica su cuerpo para cumplir con su función de madre. Estoy seguro de que al hijo de puta de su marido que la abandonó con tres hijos pequeños no lo condenan ni lo señalan públicamente.

–¡Abuelo, qué copado!

–Detrás de cada una de ellas hay una historia y cada una más dolorosa que la otra. Recuerdo cuando conocimos a Marga, una mujer agraciada con varios años de experiencia en la calle. La primera noche conversamos con la intención de que se prestara a un reportaje. Nos pidió tiempo para pensar y también que la acercáramos a su humilde vivienda. Pasaron varios días y no sabíamos nada de Marga, en consecuencia, fuimos a visitarla. Al llegar y golpear la puerta para que nos atendiera salió despeinada y vestida de entrecasa, muy alarmada, porque su marido se había puesto muy celoso por nuestra presencia, nos pidió encarecidamente que nos fuéramos y que la ubicáramos esa noche en la esquina que frecuentaba para trabajar de puta.

–¿Estaba casada, abuelo, y era puta? –preguntó boquiabierto Lauti.

–Así es, Lauti. Marga estaba casada y tenía una familia. De noche hacía la calle ofreciendo su cuerpo con el consentimiento de su marido, pero fuera del horario de trabajo el hombre no soportaba que su mujer hablara con otros hombres o que le fuera infiel.

–¡Abuelo, ese tipo es un hijo de puta!

–No sé, Lauti. No me animo a juzgarlo ni conozco las razones que justifiquen su modo de vida, pero sin dudas que su suerte es mejor que las de aquellas putas que son explotadas por sus proxenetas o cafishios, quienes se llevan un alto porcentaje de lo que recaudan además de exigirles un mínimo de dinero por noche bajo pena de ser castigadas. Exigencias que las obligan a una suerte de trabajo forzado en donde existen ocasiones en que deben someterse a los gustos de degenerados y sádicos para cumplir con la cuota exigida.

–¡Pobres mujeres! –dijo compungido el nieto.

–Sí, muchas veces terminan asesinadas o muy golpeadas. Es muy riesgosa y sacrificada esa actividad. –Hizo una nueva pausa y luego de reflexionar miró con amor a su nieto y le dijo–: Lauti querido, cuando comiences con tu vida sexual aprenderás el significado del placer, inconmensurable e incomparable. Para disfrutarlo siempre debés ser generoso, respetuoso y no olvides que el sexo es un complemento del amor y nunca jamás debe ser al revés; que el amor esté condicionado al sexo.

–No olvidaré tus consejos, abuelo. –Luego de una pausa y como si estuviera intrigado por alguna duda, dijo–: Abuelo, me dijiste que el sexo produce un incomparable placer y también que las putas realizan un trabajo riesgoso y sacrificado. No entiendo el motivo de que sea sacrificado cuando trabajan sexualmente.

–Creo, Lauti, que pusiste el dedo en la llaga. Para ellas o por lo menos para la mayoría no es placentero el sexo laboral. No eligen a sus clientes y con seguridad que ni siquiera les gustan, también deben soportar falta de higiene y malos olores, entre otras cosas que inhiben el placer del acto sexual… Existen excepciones, cuando alguna enamora a un buen hombre que la saca de la calle para conformar una familia. Las putas se diferencian de otras formas de prostitución que la sociedad no condena. Ellas venden su cuerpo y resguardan su alma, y la que no logra conservar intacta su alma se pierde y termina mal, en el infierno de la esclavitud, de las adicciones y la violencia.

–Abuelo, ¿cuáles son las prostituciones que venden el alma?

–En el mundo que vivimos son demasiadas.

–¿En serio, abuelo?

–Sí, Lauti, demasiadas. Los políticos, cuando prometen en campaña a sabiendas que están mintiendo ejercen una forma de prostitución, venden la dignidad y la verdad a cambio de algún beneficio. Un juez, cuando falla una condena basándose en cualquier razón que no sea la culpa del acusado se prostituye y también prostituye el sistema. Los periodistas que cobran para emitir medias verdades o para distorsionarlas, o directamente cuando mienten se convierten en prostitutos periodísticos, y así sucede con el médico que engaña al paciente, el comerciante que pone sobreprecios o engaña al cliente, el docente que no cumple con su sagrado papel de educador… Los organismos internacionales también se prostituyen cuando generan o soportan guerras para beneficiar a un país determinado sin importarles las víctimas, ni la razón, ni la justicia. De igual modo, las religiones se prostituyen cuando actúan como sociedades empresarias que acumulan riquezas pregonando humildad; otras abusan y engañan a sus feligreses impunemente y de esta manera, Lauti querido, el mundo se va transformando en un gran burdel donde el dinero compra voluntades, compra soberanía de países, somete a gran parte de la población al hambre y a la pobreza, y cuando todo se compra y se vende con el poder del dinero, es porque el mundo entero se prostituyó y la humanidad perdió el alma.

–A la mierda, abuelo, muchas cosas que dijiste no las entiendo bien y otras no me gustan nada. ¡Qué feo nuestro mundo, abuelo!

–Sí, Lauti. Muy feo y disculpame la crudeza de mis relatos, pero este es el mundo donde crecerás y es mejor que estés prevenido. Es por eso también, querido nieto, que pido que actúes siempre con respeto y deferencia con las personas que se lo merecen y se lo ganaron, y no por sus orígenes, preferencias sexuales, su religión o por el color de piel, y menos aún por diferencias políticas.

–Sí, abuelo, trataré de comportarme de esa manera, pero no será fácil ser diferente.

–No importan las dificultades, Lauti. Nunca dejes de respetarte a vos mismo y ahí no podés engañarte; si actuás de acuerdo con tu conciencia y sin prejuicios caminarás por el sendero correcto. –El abuelo hizo una larga pausa y luego de reflexionar con el entrecejo fruncido continuó–: No odies ni desprecies, no juzgues ni seas prejuicioso y no emitas opiniones ajenas sin analizar previamente y evaluar que sean las acertadas. Tal cual dijiste, resulta más fácil criticar, juzgar y odiar, pero quienes lo hacen están muy vacíos de cosas positivas porque dilapidan mucho tiempo y destilan resentimiento para dedicarse a odiar. Es probable que estén escasos de amor.

–¿Por qué están escasos de amor, abuelo?

–Hijo, es imposible que estos dos sentimientos se superpongan. El amor no deja espacio al odio ni este al amor.

–¡Qué cagada, abuelo!

–¡Vos lo dijiste, Lauti!

Ambos se sumieron en un silencio reflexivo mientras circulaban con la camioneta a muy baja velocidad rumbo a la vivienda de la madre del niño, distante varios kilómetros del centro. Los minutos pasaban y ante la oportunidad que se le presentaba, el abuelo miraba de reojo a su nieto.

–¡Abuelo! –dijo Lauti, interrumpiendo el mutismo de la cabina y preguntó–: ¿Estuviste con alguna puta?

Mientras se maldecía a sí mismo porque sabía que al final su nieto haría la pregunta temida, el abuelo contestó:

–No puedo contestar, vas a contarle a tu abuela.

–¡No, abuelo, la conversación es de hombre a hombre! –Extendió su puño derecho para chocar con el de su abuelo y concluyó–: No diré nada.

–Estoy seguro, Lauti, era un chiste. Cuando era adolescente todas las libertades estaban limitadas y a las jóvenes de mi edad se les inculcó que era un pecado y una debilidad repudiable tener sexo antes del matrimonio, aun cuando se estuvieran muriendo de ganas, y en ese contexto todos recurríamos a las putas. Nada que ver con el presente.

–¡Ni ahí, abuelo!

Para ese entonces llegaron a la casa de Lauti y con un beso se despidieron.

Lauti recorría el pasillo hacia la puerta de su casa cuando de pronto se dio vuelta y gritó:

–¡Abuelo, abuelo!

El abuelo frenó la camioneta de golpe, alarmado por el grito, bajó el vidrio de la ventanilla y oyó que Lauti le gritaba:

–¡Gracias, abuelo, me copó nuestra conversación, invitame junto a mis amigos a un asado así conversamos con todos ellos!

El abuelo levantó el dedo pulgar dando su conformidad, izó el vidrio, sonriente y feliz, aceleró la camioneta y se encaminó a su casa.

Fin

El libro de Eduardo “Balero” Torres “El espíritu de la selva” donde se encuentra este relato puede ser bajado por los lectores desde aquí y acceder a todos los relatos. (Sólo hay que hacer click sobre la imagen)

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