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martes, diciembre 6, 2022

Un grito de Socorro para entender y amar a Misiones

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Una novela donde los animales hablan e interactúan entre sí y con las especies vegetales, mientras un peligro acecha. Una descripción exacta y muy amplia de por qué Misiones tiene la mitad de la biodiversidad argentina. En medio, las aventuras de una pareja de tucanes y sus hijos

Al dejar la política, Eduardo “Balero” Torres se dedicó de lleno a una de esas pasiones ocultas (o manifiestas) que le venían dando vueltas desde inicios del nuevo siglo. Allí, había pergeñado Cosechas de injusticias y recrear la vida de Pedro Orestes Peczak y la existencia del Movimiento Agrario de Misiones (MAM).

Luego siguió con Cosecha amarga para referirse al tema de los avatares de la producción yerbatera en Misiones.

Y luego, hubo un interregno. Su actividad política (cargos parlamentarios y ejecutivos) que le impidieron realizar la tarea de escribir y describir la realidad misionera.

Cómo su formación profesional lo invita –desde siempre- a inclinarse a todo lo que tenga que ver con la biodiversidad en esta región.

“Soy agrónomo y hace tiempo unos diez años, decidí escribir una obra sobre las especies animales y vegetales. Inmediatamente, comencé a recopilar información y bibliografía sobre la selva de Misiones. Pero, como frecuentemente sucede, la realidad no acompaña a nuestros pensamientos y fue así, porque cuando comencé a interiorizarme, el mundo que imaginé, tomó otra dimensión, llena de misterios y me sedujo, sentí fascinación por esa biodiversidad tan equilibrada, perfecta y sublime que, sin rubor, se puede asegurar que resulta milagrosa”.

Así comienza Torres la descripción de esta ambiciosa obra que más allá de las aventuras de una pareja de tucanes y sus dos hijos por los cielos y las copas de árboles de Misiones hace hincapié en una descripción de la maravillosa vida vegetal y animal que existe en este pequeño y maravilloso territorio que es Misiones.

Hasta que llegó al fin (fines de 2021) Socorro, el desesperado grito de la selva.

Una especie de fábula (extendida) de Esopo donde los animales pueden hablar e interactuar con otros animales, con las plantas, árboles y demás especies vegetales de los montes ¡y hasta con los humanos!

Nunca tan bien dicho, una recorrida a vuelo de pájaro (en este caso, de tucán) por las selvas en peligro, tal como lo sugiere el título. Y una enumeración de las especies existentes para poner de manifiesto de que realmente en Misiones está la mitad de la biodiversidad del país.

El autor Eduardo Torres acompañado por la artista Mariela Montero, autora de las ilustraciones.

El relato va acompañado de ilustraciones que fueron hechas por la artista plástica Mariela Montero Santander. Lo interesante es que son todos dibujos con birome que van plasmando en imágenes la historia. La docente está radicada en Oberá, es profesora en Dibujo y Grabado y magíster en Educación por el Arte, por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Misiones.

Y, mientras, se prepara con todo para lanzar su sitio web librosbalerotorres.com.ar donde los lectores podrán acceder a toda su producción literaria.

Balero Torres tiene previsto una presentación de su obra el jueves 16 de junio en Apóstoles a las 18 horas

Capítulo IV

Socorro, el desesperado grito de la selva

Los tucanes volaron hacia el árbol de grapia que les indicó el cuervo y confirmaron su versión respecto del desarrollo de su visión. Admiraban la absoluta seguridad del ave que les señaló el nombre del árbol. Ellos, que se encontraban cerca, no pudieron distinguir detalles del mismo. Estaba cubierto por epífitas, entre las que identificaron algunas orquídeas, caraguatás y claveles del aire; alrededor de su tronco se abrazaba una liana y sobre esta, otras cuyos follajes se entremezclaban como lo hacían también con la de su huésped y se extendían en forma casi inidentificable hacia un enorme lapacho, algunos laureles, marmelero y loro blanco que crecían a unos metros a su alrededor. El resultado, como en muchas partes de la selva, era una maraña de plantas que competían, pero a su vez, como si fuera una paradoja, se ayudaban y complementaban.

El precioso pitogüé o benteveo

Mariposas de variados colores volaban, algunas oscilantes y torpes
y otras más veloces. También se distinguían por el tamaño y forma de sus alas y se asombraron cuando un benteveo, el pitogüé, eludía a varias de ellas y enfilaba con suma agilidad hasta alcanzar a una hermosa mariposa de color azul y la capturaba con su pico, desde el cual quedó colgando una parte del ala del lepidóptero.
Más cerca de la grapia escucharon cuando el árbol, fastidiado por su situación, pedía ayuda al pájaro carpintero:
–¡Carpintero, Carpintero!
–¡Hola, Grapia!, parece que me estás necesitando.
–¡Sí! –Dijo la Grapia– ¡mirame Carpintero y teneme lástima!, pareciera que soy el único árbol de la selva o me tomaron por tonto. Estoy soportando el peso de las lianas y enredaderas y de otras epífitas en mis ramas y para empeorar mi situación, el arlequín depositó huevos en distintos lugares de mi corteza, sus larvas penetraron en el tronco, se alimentan de mis tráqueas y vasos dificultando que pueda enviar agua y nutrientes a mis pobres hojas que subsisten compitiendo ferozmente con las enredaderas y lianas.


–Nosotros también nos encontramos en la misma situación –dijeron
el Lapacho, los Laureles, el Marmelero y el Loro Blanco.
–Ustedes, los árboles siempre quejosos; si no estuviéramos con
nuestros follajes limitando al tuyo, Grapia, probablemente ya estarías muerta, porque ahora que tus hojas no son tan numerosas, sufrís la falta de agua y nutrientes. Pensá en lo que podría pasar si tuvieras el follaje abundante, demandando mayor cantidad y con las larvas del Alecrin alimentándose de tus vasos y tráqueas; sin dudas, no podrías subsistir.
-A mí también me parasitan, entre otras, esa mariposa multicolor, quien a su vez se ve favorecida porque no tiene predador por el veneno que contiene; además también compito por la luz con mis comadres, las lianas escalera de mono y uña de gato –expresó el Mburucuyá.
–Bueno Grapia, traquilizate, voy a ayudarte –dijo el Pájaro Carpintero.
–¡Gracias, gracias Carpintero! Anidá en mi tronco de manera que
con tu presencia no vuelvan más esos malditos cascarudos y sus hijas, las orugas.
El pájaro carpintero, inmediatamente, se posó sobre el tronco, clavando sus uñas de los dos dedos dirigidos hacia adelante y los dos dirigidos hacia atrás; en tanto usaba su cola como apoyo para afirmarse sobre el tronco vertical. Con habilidad intuitiva y movimientos ágiles detectaba los orificios por donde la larva penetró en el tronco y con su pegajosa lengua extraía diversos parásitos y las orugas que tantos inconvenientes generaban.
–¡Hola Grapia, hola a todos! –dijo Tuco mientras con dificultad encontraba una rama despejada para posarse–. Lamento Grapia que te encuentres tan agobiada.
–Hola Tuco, viniste con tu familia. Un gusto volver a verte y gracias
por preocuparte, pero con la ayuda del pájaro Carpintero me sentiré más aliviado; no aguantaba más que se alimenten de mis entrañas.
Todos los árboles, lianas y epífitas saludaron a la familia de Tucanes y entre todos comenzaron a intercambiar experiencias y padecimientos
cotidianos.
–¿Paseando con la familia? –preguntó el Mburucuyá a los tucanes.
Es una de las primeras salidas que hacemos juntos y pretendemos
que pronto conozcan las bondades y peligros de la selva, sus normas, en quiénes pueden confiar y de quiénes deben protegerse para evitar que los apresen y devoren o que se intoxiquen con algún insecto o fruto venenoso.
–¡Excelente! –dijo el Mburucuyá–, en mis ramas, hojas y frutos depositan sus huevos muchas variedades de mariposa y sus larvas estragan mis partes, aun cuando genero muchos tóxicos defensivos para evitar que se produzca la ovoposición y que las larvas me devoren. Incluso cuando existen plantas hermanas, les comunico la existencia de los parásitos y ellas, antes de ser parasitadas, comienzan a generar los tóxicos defensivos…pero ¡es una lucha sin cuartel!
–¿En serio? –preguntó atónito Pico.
–¡Claro que es verdad! Muchos suponen que las plantas no podemos comunicarnos como hacen los insectos, animales o los humanos que conviven con nosotros en la selva –el Mbrucuyá respiró hondo, hizo una pausa y continuó–. Ustedes deben asimilar los que sus padres les enseñan y observar con visión crítica todo lo que existe a su alrededor.
Asuman que fuimos bendecidos con este universo donde convivimos en un equilibrio muy frágil y cualquier error puede costarnos la vida. La energía de la juventud les puede inducir a creerse invencible, les tornan audaces y corren riesgos que en muchas ocasiones terminan mal. Ustedes son llamativos, de vivos colores y de considerable tamaño lo cual le hacen claramente visibles y les exponen más. No renieguen de las experiencias de sus padres.
–¿Escucharon lo que dice la Mburucuyá? Es lo que les repito diariamente –dijo Tuca con la tonada característica que daba a los reproches.
–Hablando de colores llamativos, miren esa mariposa… tiene los
mismos colores que los nuestros –dijo Tuki.
–¡Sí, no puede estar lejos de nosotras! –dijo con tono de fastidio el
Mburucuyá–. Es la que me parasita, una Heliconius y existe otra del
mismo género con alas y colores diferentes, quienes de las propias sustancias que toman -cuando son orugas- de mi estructura, generan el veneno que las hacen peligrosas para los predadores… El color llamativo indica que son tóxicas.

–Señora Mburucuyá, hace un rato dijo que mantenía una lucha sin
cuartel con sus parásitas y espero que sepa disculparme si me desubico, pero noté cierta antipatía hacia esa hermosa y colorida mariposa.
La enredadera mostró una actitud introspectiva y expresó:
–No me faltás el respeto muchacho, tampoco te equivocás y debo
contestar por partes tu inteligente pregunta.
Hizo una pausa como si pensara en la respuesta adecuada que debía
dar y dijo:
–Son varias especies de mariposas cuyas larvas nos parasitan; a muchas las controlamos con los nectarios con el cual producimos sustancias atractivas para específicas avispas y hormigas que nos protegen de las orugas.
–¿Del mismo modo que hace el Ambay? –preguntó Tuki.
–Digamos que la intención es la misma, pero ellas tienen en su tronco hueco a las colonias de las hormigas que las defienden y nosotras las atraemos con productos que les agradan; además generamos pequeñas manchas semejantes a los excrementos que dejan las orugas sobre las hojas; de manera que cuando una de esas pícaras mariposas pretende depositar sus huevos, no lo hacen, porque al ver esas señales suponen que la hoja ya está parasitada… ¡No siempre funciona!
–¡Es una lucha constante! –dijo Pico.
–Así es y más bronca nos genera que la inmunidad que poseen es a
consecuencia de las sustancias que extraen de nuestra estructura cuando son orugas; es decir que nosotras le garantizamos la vida para que nos parasiten… ¿No les parece una paradoja?
–¡Increíble! –dijo admirado, Tico.
–Estas mariposas –continuó explicando el Mburucuyá– tienen un
ciclo de vida más largo que el resto de los lepidópteros, subsisten durante varios meses porque son uno de los pocos insectos que recogen y digieren polen. Se caracterizan además por posar agrupadas cuando regresan al mismo lugar cada noche.
–Todo es muy complejo, cuesta entender los sucesos y las causas.
–Por eso les advertía que el equilibrio entre los que convivimos en
este universo es muy frágil y las causas son inescrutables; pero sin dudas, son divinas y así cada especie tiene sus debilidades y también cuenta con las defensas para sobrevivir. Los árboles sufren el parasitismo de muchas orugas, tanto de coleópteros como de lepidópteros y otros órdenes, también nos sirven de sostén a nosotras. Todos competimos por la luz y padecemos de idéntica manera como ocurre a cada una de las especies de la selva, sea vegetal o animal de sangre fría o caliente…

El picapalos


Hizo una pausa y continuó:
–Creo que es pertinente aclarar que las orugas, de las que tanto nos quejamos, también son parasitadas por otros insectos, por animales y aves. Hace unos instantes vimos actuar al pájaro carpintero y ahora, observen a esos trepadores o picapalos que recorren rodeando el fuste de ese lapacho y el marmelero. Ellos complementan la tarea del Carpintero y han evolucionado desarrollando distintas formas de picos que los especializan para alimentarse de un determinado insecto, evitando la competencia entre ellos. En la medida que ascienden sobre el tronco ubican a sus presas en las grietas de las cortezas, comiendo a los parásitos como también de las axilas de las hojas de algunas epífitas donde pueden encontrar hasta algún anfibio. Así equilibran la subsistencia de cada ser.

Como si fueran alumnos de una clase, los tucanes, en especial Tuki y Pico, atendían embelesados las lecciones del Mburucuyá al punto que no se dieron cuenta que la luz se extinguía paulatinamente, en tanto el sol se acercaba al final de su diario recorrido, llevándose con él a la luz, mientras que las primeras opacidades despertaban a la selva y sus convivientes.

Lechuza de la selva misionera


Los sonidos de la jungla mutaban a otros más resonantes; el silbido
nítido del macuco semejaba una despedida hasta el siguiente día, los grillos pareciera que se despertaron y aturdían con sus resonancias, y las lechuzas, algunas con chistidos y otras como si remedaran a un sapo, aparecían mezcladas con el crujido de ramas de tal vez, algún acutí, quien comenzaba su nocturna jornada o el tatú que asomaba su cabeza oteando a su alrededor para salir a escarbar en busca de sus alimentos. También las ardillas incentivadas por la penumbra hacían acto de presencia mientras corrían sobre ramas y troncos, chillando como si estuvieran jugando entre ellas. Las palomas también se despedían con el triste ulular de su canto.
Sin dudas, la selva comenzaba a despertar, más tarde, Tuki y Pico
podrían tener la oportunidad de conocer a otras especies.

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