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sábado, febrero 24, 2024

Cuando la belleza se queda sin palabras: la mirada del otro

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El autor de esta nota, Gastón Núñez, psicólogo y docente universitario habla sobre los mandatos sociales y la pérdida de libertad. Tener un cuerpo implica que en algún momento fuimos mirados, sostiene

En su canción “La belleza”, Luis Eduardo Aute dice así: Enemigo de la guerra y su reverso, la medalla. No propuse otra batalla que librar al corazón…; versos que funcionan como una metáfora de los mandatos sociales, que cuando se vuelven una pérdida de libertad, de la que más importa, la subjetiva, se figura como un sometimiento que exige encajar.

Al nacer, en lo complejo de nuestra constitución anímica ocupa un lugar importante la mirada del otro. Primeramente, representada en la de la madre. De ella depende que empecemos a tener una entidad existente. Nos hace saber que existimos con su mirada, con los ritmos afectivos que le imprime, haciendo brotar otra piel, la que forma la representación de un cuerpo y no se limita a lo cutáneo.

La primera mirada es la de la madre. De ella depende que empecemos a tener una entidad existente

Desde ese momento el cuerpo no puede desprenderse de la mirada, la mirada hace un cuerpo y tener un cuerpo implica, que en algún momento fuimos mirados.

Por otra parte, en la adolescencia, estas miradas que se interiorizaron desde el inicio de la vida, se reordenan para que el adolescente logre una identidad desprendida de su posición infantil y pueda hacer su pasaje a la cultura, ubicándose y encontrando un lugar.

Ahora bien, hoy tener un lugar en la cultura también tiene efectos riesgosos, sobre todo cuando los deseos de las personas se han mercantilizado de tal manera que el cuerpo y las emociones están sometidos a determinados tipos de imperativos que nos dicen cómo hay que ser, hacer y pensar; sobre todo, esta lógica está determinada por consumidores que buscan sus objetos para alcanzar un bienestar idealizado, de carácter imposible.

Los riesgos empiezan cuando los deseos de las personas se mercantilizan por determinado tipos imperativos: qué ser, hacer y cómo pensar

Bajo esta lógica, el sentirse bien no se basa solamente en percibir la sensación de estarlo, sino que también implica ser aceptado; ser aceptado, en una cultura donde todo se vende y todo se compra, es los más cercano a ser feliz sintiéndolo como un sentimiento absoluto; dicho de otra manera, lo más cercano a haber triunfado sobre nosotros mismos.

Desde un capital que nos posiciona jerárquica y simbólicamente, marcando estándares, lo anterior resulta determinante, ya que cifra aquello que debe encajar, y que de no ser así, los que no encajamos somos nosotros, entendido esto como correlato de falla y frustración; y en consecuencia el capital pierde su dominio, y el mercado a sus consumidores.

“En esta era, el estatuto del cuerpo no pierde vigencia sino que adquiere hegemonía ya que siempre es aquello que nos ata con la vida”

En esta era que ha sido clasificada de múltiples formas
(posmodernidad, modernidad líquida, sociedad de riesgo, globalización, segunda modernidad, hipermodernidad, etc.), el estatuto del cuerpo no pierde vigencia, es más, adquiere más hegemonía, ya que el cuerpo siempre fue y siempre es aquello que nos ata con la vida, aquello que mide el tiempo, aquello que limita con la muerte.

“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, es una sentencia spinoziana; hoy poco importa quién sea o cómo sea el que porte un cuerpo. Lo necesario es tener qué mostrar.

Psicológicamente, tener qué mostrar cumpliendo ciertos estándares establecidos como “de belleza”, habla más de lo que se ve que de quién lo exhibe. Habla también de una imposibilidad para poder verse más allá de lo estético, en parte por los mandatos que se impone desde el exterior y el que todo el tiempo la cultura visual reproduce; pero también habla desde lo interior, de un universo afectivo cargado de dolores, duelos imposibilitados, necesidad de cuidado y tiempo para un respeto no dado debidamente, entendido esto último como la posibilidad para responder desde lo que se es y no desde lo que vale. Claro que no resulta fácil cuando el asedio es dado anímica y socialmente.

La belleza se convierte en nociva cuando las condiciones son las de a cualquier costa obtener una mirada -recuerdo de aquella con la que nos encontramos al nacer-, y que nos permita saber quiénes somos en un mundo que prioriza la imagen sobre las palabras. Las mismas que no se pueden decir cuando la muerte ha llegado.

Las mismas que no pueden ser escuchadas cuando se espectaculariza la vida y el dolor del otro queda relegado.

Gastón Núñez, psicólogo

Licenciado en Psicología.
Magister en Políticas Sociales.
Doctorando en Ciencias Humanas y Sociales
.

Docente universitario.
Autor de varios libros de psicoanálisis y teoría social.

Docente a cargo de la Cátedra Psicología Evolutiva Adolescencia en la Carrera de Licenciatura en Psicología.
Universidad de la Cuenca del Plata. Sede Posadas.

(Nota publicada con motivo del fallecimiento de Silvina Luna)

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