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viernes, mayo 24, 2024

¿Qué les pasa a quienes están en la cabina musical?

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Los disc-jockey constituyen una raza aparte. Según el autor de esta nota, se consideran semidioses a los que no se les puede objetar el gusto musical -NI MUCHO MENOS, HORROR- el volumen en el que pasan la música elegida… aunque sea en el cumpleaños de la abuela. Hasta Fontanarrosa los sufrió

Van a venir con la acusación de que estamos viejos y no toleramos el sonido fuerte y los compases heavy. Van a decirnos que no sabemos nada de música ni de volumen expandido en el aire.

Claro que sí.

Ahora bien, nací en la década en que Elvis sacudió la pelvis y crecí cuando los Beatles lanzaron el primer tema heavy rock de la historia: Shelter skelter. No me van a correr con esa. Sé lo que es el sonido fuerte. Y lo tolero bastante bien.

Entiendo que en esas fiestas electrónicas donde todos buscan sacudirse de manera psicodélica (palabra antiquísima, lo admito) con el sonido “al palo” y una botellita de agua en la mano… Está bien. Pero a esas fiestas electrónicas no voy ni pienso hacerlo en el futuro. Y que sigan poniendo el volumen que quieran ahí porque tampoco a los asistentes parece importarles ya que lo que buscan -aparentemente- es el aturdimiento.

Ahora viene a mi memoria una víspera de 25 de mayo. Noche fría en el descampado de Posadas. Club Centro de Cazadores. Mayoría de asistentes, familias con niños. Gente grande. Números cantados, danzas criollas y todo lo que se acostumbra. Pericón. Algún tanguito lindo. Pero cuando eso paraba, ENTRABA ÉL… el deejay… (sonido de las iniciales en inglés de DJ): El señor de las bandejas.

Y ahí sí, agarrate Catalina.

Si uno pensaba pasarla bien con amigos, y charlar lindo mientras degustaba unas empanadas criollas de piernas abiertas con un tinto que acompañaba… NADA, Olvídese. Esa noche quedó para el recuerdo… de lo no hablado. No hubo charla.

Solo el estruendo del DJ que impedía cualquier comunicación excepto quizá el Lenguaje de Señas. Ya muy avanzada la noche, éramos un grupo que nos trasladamos al ingreso. Así teníamos el aire fresco de la noche y el silencio (¡y la posibilidad de charlar y escuchar al otro!) mientras el estruendo que venía de adentro del salón no cesaba un instante. Inútil que se le fuera a pedir al DJ que bajara el sonido.

No quiero agregar una historia que ocurrió en otra velada de tipo fecha patria en el club Tokio, porque básicamente es lo mismo.

Los dueños de las bandejas se consideran semidioses a los que no se les puede pedir que bajen el volumen. ¡Ellos no toleran eso!! No quieren que la gente se comunique y hable! Solo quieren que SU sonido abarque todo. No que sea el fondo de una charla agradable y buena compañía. No, señores, están equivocados. Los disc-jockey quieren ser el centro del universo. Y guay que se intente cuestionarlos. ¿Saben qué hacen? Suben más alto el volumen de lo que están pasando.

Ni hablemos de casamientos o cumpleaños de 15. ¡Para qué pedirles que bajen el volumen! Lo ponen al doble de fuerte.

Siempre pensé que era yo el que podía estar equivocado hasta que di con un cuento del inolvidable Roberto Fontanarrosa.

En el libro La Mesa de los Galanes de 1995 hay uno que se denomina “Qué quieres tú de mí?”

Y es muy expresivo y coincidente con lo referido con anterioridad.

A pesar de lo romántico del título (remite a un viejo bolero de Altemar Dutra), la historia es contemporánea.

El relator que puede ser el propio Fontanarrosa recibe la invitación para la apertura de un boliche para gente de 40 y más. “Un boliche donde uno pueda tomarse una copa con los amigos y escuchar (atenti, esto) algo de música sin que se te hagan mierda los oídos como en los boliches para pendejos. No sé si boleros, pero algo así”.

Y ahí va el personaje de la historia. Tiene expectativas de lograr algo con una chica de nombre Marisa a la que tiene fichada. Cuando entra al boliche se da cuenta que antes ha sido lo mismo pero para pendejos. Y que -para peor- el DJ que está, quedó del anterior negocio.

“Me recibió una estruendosa música pesada y no el esperado bálsamo de James Taylor o Carole King como yo suponía”.

Una conocida lo invita a salir a la pista de baile. “Yo traté de explicarle que no, que después, que estaba esperando la música lenta, la melódica, la música de Bee Gees y, por supuesto, ella no me entendió nada por el quilombo que armaba esa misma música puta que seguía poniendo el guacho del disc-jockey al que seguramente no le habían explicado cómo venía la mano”.

Al final encuentra a Marisa y le grita que volvería por ella apenas apareciera Altemar Dutra y su inestimable colaboración. “Tal vez cuando Altemar se preguntara aquello de “¿Qué quieres tú de mí?” yo podría darle a Marisa un par de explicaciones convincentes”.

En ese punto se encuentra con el dueño del boliche y le pide una música más adecuada para el lugar y la edad de los concurrentes. Y el otro termina admitiendo que el DJ le había quedado del anterior boliche. “No te pido que ponga Los Plateros”, le dice el protagonista, “pero algo como Joe Cocker puede ser…”

Y el otro: “Ahora voy, ahora voy”.

Sube al cetro donde reside el semidiós. Es una especie de burbuja flotante y vidriada. Desde allí, el hijo de Zeus no cesará de enviar sus rayos musicales cada vez más fuertes y extravagantes. Nada, ningún patrón le diría qué poner. Ni mucho menos, que intenten bajar el volumen. Eso nunca. Antes, morir.

De hecho, luego de la instrucción, bloquea su puerta “y vuelve a refugiarse adentro como diciendo: ‘A mí no me rompan las pelotas'”.

Y dos minutos después la música sonaba más atroz que nunca.

El final del cuento puede sonar a trágico, pero no. Es Fontanarrosa.

Uno de los asistentes lanza un cenicero y rompe el vidrio de la cabina. El DJ se siente ofendido y comienza a lanzar los discos de vinilos como platos voladores cortantes. ¡Son los discos que trajo el dueño para poner: Ahí están los de Rosamel Araya y de The Carpenters que trajo el dueño para pasar en la noche”.

Los discos LP vuelan, lastiman a varios con su filo cortante.
Hasta que el protagonista encuentra una botella de whisky y arma una especie de molotov con varios pañuelos. Pide fuego y lo lanza a la cabina.

Al rato explota todo, ruidos de vidrios rotos y un cuerpo humeante que cae. Alguien le tira un vaso de jugo de naranja.

El mundo (abajo) está enloquecido, muerto (o chamuscado, al menos) el perro se acaba la rabia. Cuando apenas cae al suelo la música se corta y al rato -como si el mundo se reordenara en una capacidad de resiliencia excepcional- empieza a sonar Altemar Dutra…

Algunos dirán que la fábula de Fontanarrosa es exagerada.

Pienso que no.

Los famosos semidioses están engendrando monstruos que un día los van a incendiar con su cabina, monitores, discos y ecualizadores. Vayan sabiéndolo, Dee Jays.. Están avisados.

Si ven volando una botella que arde como una tea y que adentro lleva un líquido con alcohol, no se extrañen. Es lo que estuvieron buscando siempre y es lo que muchos desearíamos hacer con ustedes….

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