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viernes, mayo 24, 2024

Exclusivo: la novela inédita “El tesoro de los padres”

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Una historia con epicentro en esta región (Posadas, San Ignacio, Paraguay) que une el hecho histórico de la expulsión de los jesuitas con una acción ficticia en la actualidad. Hasta el punto que ambos caminos, de alguna manera se unen

“El Tesoro de los padres” busca unir el final de la presencia de los Jesuitas en la región de Sudamérica –una zona que vincula a los territorios actuales del Brasil, Paraguay y Argentina con epicentro en Misiones y que se denominó del Guayrá- en 1768 con la actualidad.
De aquella partida (expulsados por la orden de un rey) quedaron sus ‘misiones’, verdaderas fortalezas donde vivieron cientos y miles de aborígenes. Y cuando partieron los sacerdotes, hubo versiones sobre los “bienes y riquezas que habían atesorado” y que habrían dejado escondido aquí.

En Misiones (la provincia) hubo once pueblos y desde entonces hubo buscadores de esos tesoros junto con el acceso a túneles de funciones sospechosas. Y junto a este fenómeno convivió (y convive) la mitología guaraní que refiere a distintos personajes que viven en la selva.

Túnel hallado en ruinas de Santa María Misiones

Además, la provincia por ser zona de frontera posee cercanía con Paraguay de donde procede mucha de la marihuana que ingresa al país. Así un secuestro internacional de una joven posadeña por parte de los marihuaneros paraguayos se suma luego el de un francés que viene con un equipo a filmar las ruinas de San Ignacio pero que está obsesionado con los supuestos tesoros Jesuitas.

La irrupción de un personaje que vive en los montes y que la mitología identifica desde tiempos inmemoriales como el Yasy Yateré (un ser mitológico con bastón y sombrero y poderes sobrenaturales que vive en la selva y se suele comunicar con los demás habitantes) articula el tiempo y el espacio.

En el medio, la toma por parte de presidarios de un penal en Loreto y un gran baile por las calles de un pequeño pueblo de Misiones tercian con una transmisión en vivo de la televisión estatal desde San Ignacio mientras las fuerzas armadas argentinas y paraguayas se preparan para pelear contra un pequeño ejército de marihuaneros dispuestos a todo.

El penal de Loreto también es escenario

La obra tiene 19 capítulos y un epílogo que trata de cerrar las diversas historias desplegadas e intenta contar qué pasó con cada uno de los personajes.
La existencia datos concretos en la novela y otros provenientes de la imaginación del autor mixturados en el hilván de la historia no permiten separarlos para clasificar a qué rango pertenece cada espacio de la narración.
El título de la obra connota cierta ambigüedad, ya que si bien existe una búsqueda de tesoros ocultos, hay que entender también que para los padres, sus hijos constituyen, en muchos casos, verdaderos tesoros. Y eso queda plasmado en la relación de la protagonista con sus progenitores. A la vez que en su búsqueda, el camarógrafo francés también será capaz de hallar un tesoro de otro tipo que le cambiará la vida.

Los 19 capítulos se irán publicando sucesivamente -al mejor estilo de folletín de siglo XIX- cada fin de semana.

Esperando que sea del agrado de los lectores, aquí va el primer capitulo

EL TESORO DE LOS PADRES

Por Mario Pernigotti

No lleven en las mochilas oro ni plata,

ni tampoco alforja alguna para el camino,

ni túnica, ni sandalias ni bastón…”

Lucas 10:7

La hora en que me llegó su dulcísimo saludo fue precisamente la nona de aquel día, y como se trataba de la primera vez en que sonaban sus palabras para llegar a mis oídos, me embargó tal dulce emoción, que me aparté como embriagado de las gentes, apelé a la soledad de mi estancia y me puse a pensar en aquella agraciada mujer. Y pensando en ella se me apoderó un suave sueño…”

Dante – la vita nota –Capítulo III

Grábame como un tatuaje sobre tu corazón

Llévame marcado como un sello sobre tu brazo

Porque el amor es más fuerte que la muerte

Sus flechas son flechas de fuego

Sus llamas, llamas del Señor”

Cantar de salomón – Capítulo 8

Capt 1:

Por los caminos del Señor

Comienzos de 1768 Año del Señor.

La noche anterior, Tadeus tuvo un sueño premonitorio. Estaba en su Alemania natal. Era niño y jugaba entre los árboles. Él amaba trepar los más altos y encontrar los nidos de pájaros. Pero su padre le había advertido –en la vigilia- que no tocara los huevos ni mucho menos los pichones. “Si eso ocurre, la madre los abandonará y morirán de hambre. Y en el caso de los huevos, serán segregados y no terminarán por nacer como pichones. No deben tener el olor de tus manos, me oyes, Tadeus?”, repicaba la voz de su padre en su conciencia. Y él –que era un buen hijo- obedecía. Solo subía para admirar la trabajosa arquitectura de los nidos que realizaban muchas aves y cómo –oh, milagro- de un día para otro, aparecían los pequeños huevos. Algunos tenían pintitas y otros eran de un color solo. Sin embargo, esa noche soñó que tocaba los huevos. Los manoseaba con descaro y en su sueño sentía hasta un placer erótico en violar esa norma paterna. Pero después se sentía mal. Y en un momento del sueño, hacía un mal movimiento y caía al vacío. Cuando estaba a punto de despertar (o eso era al menos lo que creía) aparecía otra vez su imagen volando por los aires como si tuviera alas. El nido destrozado quedaba lejos, allá abajo y atrás. Él tenía que remontar el vuelo y partir.

Y luego, estaba otra vez en el suelo, pero ya era adulto y no hallaba más en Alemania. Se encontraba en un lugar desconocido. Y sentía que había alguien o algo a sus espaldas. Y aunque debería sentir temor, eso no ocurría en el sueño.

Simplemente él se ponía de pie y avanzaba. Volvía a andar. Cuando un gran pez se le aparecía a la distancia (“¿pero entonces estoy bajo el agua?”, razonaba con bastante sentido común en su propio sueño). El pez tenía un pico de pato y bigotes tal como los que abundaban en los ríos Paraná y Uruguay. Era blanco e inmenso como un tiburón con piel: no tenía escamas. Y venía flotando hacia él. Como si estuviera bajo el agua. Se movía con parsimonia como lo hacen los animales cuando no sienten ninguna amenaza. Venía hacia él y él –reteniendo la respiración- se animaba a tocar el inmenso animal que pasaba a su lado. EL pez no se dio cuenta de su presencia y se iba alejando lentamente como esos barcos gigantes que aparecen en el horizonte, al rato están frente a uno y luego de un rato ya han desaparecido…

Cuando al fin pudo despertar y tomar conciencia de que todo había sido un sueño, pudo sentir el calor circundante, el canto de los grillos en la noche y algunos mosquitos que molestaban. Pero todo era tranquilidad en la misión.

Empezó a recordar los ejercicios ignacianos y volvió a su memoria el evento de la samaritana relatado en el Evangelio de San Juan. La samaritana le pedía a Jesús el agua que Él ofrecía para no volver a tener sed. Sí, él también tenía sed y se levantó lentamente, posó sus pies sobre las frescas baldosas de piedra de la misión. Y en la penumbra se dirigió hacia donde estaba la jarra con agua fresca. Se sirvió el vaso lleno y comenzó a beber. Sólo el ruido gutural de su garganta con la nuez de Adán subiendo y bajando rompía el silencio nocturnal por unos momentos.

Dejó el vaso en la repisa y miró por el amplio ventanuco. Era noche profunda aún y faltaban algunas horas para que amaneciera.

Tadeus no sabía si el sueño volvería. Los tentáculos de Morpheus parecían haberse cerrado y él ya no sería abrazado de nuevo.

Tendría que hacer los ejercicios de Ignacio nomás…


* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

En las afueras de la misión no se advierte mucho movimiento. Sólo el viento del verano oscila las copas de los árboles y los pájaros se acercan a picotear las frutas coloreadas por el tiempo.

Las torres erigidas con las piedras mora se erguían mirando al río manso y profundo que –sin embargo- se cernía como una amenaza. “Por allí vendrán ellos”, decían los indios. Como si nombrarlos producía la capacidad de materializar a los enemigos.

Los mamelucos portugueses querían apoderarse de sus armas, sus mujeres, sus hijos, el fruto de sus trabajos, sus animales, de ellos y de sus vidas.

Los llevarían atados (como ellos ataban los monos cuando salían de cacería) por la selva y los venderían como esclavos y perderían todo el esfuerzo de su existencia. Y su libertad, claro está. Pero no lo iban a permitir. “¡NO, señor!” surgía como un grito de rebeldía. De resistencia. De señorío indoblegable.

Pero ese “¡no, señor!” era un resuello que surgía del fondo de la raza que supo aceptar a estos hombres vestidos de negro de pies a cabeza que olían fuerte y hablaban produciendo ceceos y escupiendo por los bordes de la boca. Pero que los habían defendido siempre. Porque estos hombres de negro eran sus socios… o más que eso.

Porque estos extraños seres arribados allende el mar los habían defendido. Sí, claro. Eran raros. Tenían costumbres que costaba aceptar. Pero el cacique decidía. Que les echaban agua en la cabeza para darles su bendición y le hablaban de un extraño jefe que moría por su gente. Como ellos mismos, que eran capaces de dejarlos todo por los tupí. Y por eso, los aceptaron.

Adentro,  en la misión de Santa María todo es ajetreo frenético. Los indios van acarreando los alimentos tal como lo indica el Padre Balterra. Algunos, en la parte externa, están realizando las tareas de alimentar los ganados de la Misión. Hay caballos, vacas y hasta ovejas.

El jesuita se destaca por su blancura, su espesa barba y su esbeltez. Todo ello contrasta con la piel chocolate, los rostros lampiños y la talla reducida de los guaraníes: la mayoría no alcanza el metro sesenta y el cura les saca cómodamente una cabeza.

Eso sí, el Padre Balterra mantiene inalterable su ceceo castizo y su escamoteo al baño y los aseos. Los pequeños guaraníes suelen burlarse de su poca afición a la higiene personal. “Que nada, hombre. Me baño lo suficiente, como lo hacía en Jerez de los Caballeros, una vez por semana. Y en invierno, una vez al mes. Más que suficiente…” era su explicación formal, mientras los pequeños indios retozaban en el agua del río oscuro y manso. Que además, ahora se cernía amenazante. Por lo que podía venir de aquellos lados, todos miraban al Oriente con temor.

“Además (por lo bajo, el Padre Balterra solía reflexionar en consonancia con los consejos del Fundador de la Compañía) hay que evitar los tocamientos propios para desairar a Luzbel que puede aparecerte en sueños en forma tal como lo hizo con Adán y Eva en el Paraíso. Y seducirte. Y si el señor de la maldad se te surgía,  primero se adueñaba de tu cuerpo y luego de tu alma y luego vendría el Señor al final de los tiempos y separaría la hierba del trigo. Y a la primera, sólo quedaba la hoguera. Y yo no quiero ir al lugar donde el fuego no cesa. Porque no habrá nadie que venga a mojarme la punta de la lengua tal como le pasó al rico epulón que no quiso ayudar a Lázaro y terminó en el Hades…”

-Oye, Sancho, ¿Cuánto tiempo crees que tardarán en cargar todo y tener listo los animales para la partida? Sabes que estamos urgidos y que cada momento que transcurra es tiempo que los malvados mamelucos se acercan…

El que hablaba con su germánica acentuación no era otro que Tadeus Reinert, el enérgico jesuita proveniente de Valkenburg.

-Pues, mira… -dudó el bueno de Balterra, evaluó y calculó…

Y, sí, lo suyo eran los cálculos. Tan bien le iban hacer números y organizar las actividades. Seguro que todo saldría bien. Y que no iba a fallar.

-Pues, mira –volvió a decir Balterra-. Creo que en cinco horas estaremos listos para la partida.

-Oye, Sancho. ¿Tú sabes por qué ocurre todo esto..? –inquirió con su sentido trágico de la vida, ‘típico de los germanos’ (pensaría Balterra) Reinert.

-Bueno, conoces las directivas… Está el bueno de Carlos III que ha decidido que debemos dejar estas tierras, abandonar esta obra, irnos de estos lugares y dejar a la buena de Dios a estos pequeños hermanos nuestros…

-No, hombre. Eso ya lo sé. Digo, ¿por qué Dios permite que una obra como esta “la obra” diría yo, se eche a perder?

Y Sancho Balterra quedaba pensativo. Tanto luchar. Contra las pestes, contra las creencias salvajes, contra los animales selváticos, las tormentas y las lluvias sin fin. Tanto luchar… ¡para esto! Para que venga un rey malnacido y su corte hierática, cargada de avariciosos funcionarios que en su angurria sólo veían cómo crecían las misiones del Guayrá. Esta nación, Paraquaria que hoy tenía treinta pueblos, pronto sería un recuerdo. Y ellos asistían al final de este sueño… No, él no tenía respuestas.

-Los caminos del Señor son insondables, Tadeus.

* * * * * * * * *

Santa María la Mayor, como muchas otras reducciones, había sufrido ataques y derrotas. Su asentamiento no siempre había estado en este lugar, en cercanías del río Uruguay, un puerto de aguas profundas y seguro. La primera misión con ese mismo nombre había sido fundada más al Norte en los comienzos de la obra misional de los Jesuitas, cerca del río Iguazú.

Los ataques que fueron objeto los terminaron empujando hacia el Sur. Los éxodos fueron obligados y en estas masivas fugas, muchas vidas se habían perdido. Pero los guaraníes sabían que las opciones que tenían eran peores. Por eso acompañaron a estos hombres vestidos de negro de arriba hasta abajo y que sufrían horrores en las épocas de estío y que sin embargo no se quejaban. Hasta llegaban a amar a ese Dios que pregonaban con tanta vehemencia. Ellos, los habitantes locales, aceptaban que el Dios de esos hombres de negro pasara a llamarse Tupá como el propio. Y así, con el paso del tiempo, ambas deidades iban fundiéndose. Lo importante era que estaban más protegidos, mejor alimentados, y hasta podían desarrollar actividades que amaban como hacer tallas y otras nuevas como pintar, ejecutar música con instrumentos extraños, o imprimir libros. Tan adelantados estaban que las dos primeras imprentas de toda la región del continente estarían en Loreto y Santa María. Los amigos venidos del otro lado del mundo hasta se habían tomado el trabajo de pasar su lengua al papel. Y ahora, sus palabras quedaban atrapadas en la tinta negra con que se imprimían las obras que hablaban de Tupá y del hijo de Tupá Dios. Y del gran Espíritu que anda por la selva. Todo en el idioma que ellos hablaban desde tiempos inmemoriales.

Pero esas buenas épocas -a las que se llegaron no sin esfuerzo- ahora estaban por pasar más sofocones. El espíritu luchador de los padres unidos al carácter bravío de los aborígenes marcaba la actitud con la que enfrentaban este nuevo reto.

Habían pasado cuatro horas y Reinert no daba más con su impaciencia. En el medio, el padre Balterra había detenido las actividades con los guaraníes para realizar los rezos. “Es que, hombre, explicó, no podemos suprimir las oraciones de la hora Tercia. Tú lo sabes mejor que yo”.

-Pero, ya habíamos rezado el Ángelus… -intentó una queja el alemán, pragmático y apurado.

-Sí. Pero tú lo sabes mejor que nadie –insistió el español. Lo que Ignacio ordenó es lo que se seguirá cumpliendo.

El lomo de los burros se arqueaba ante la carga.

“Es mucho valor y mucho beneficio el que tenemos aquí”, dijo el español golpeando con suavidad  el espinazo del asno.

-Sí, admitió Reinert, tenemos mucho ganado y es mucho “lo ganado”, verdad.

En ese momento, un lugarteniente del cacique entró a la Misión y corrió hacia el par de Jesuitas.

-Padre Balterra, ¡se acercan!  Están cruzando el arroyo Pindá…

-Reinert –dijo Sancho Balterra dándose vuelta- tienes que marcharte. Apenas llevarás cinco horas de ventaja. Si los Mamelucos saben que escapaste se lanzarán como lobos tras de ti y tu preciosa carga… Nuestros tesoros dependen de ti.

El alemán dio un brinco y tras pegar un pequeño salto ya estaba arriba de su caballo.

Se dirigió al guaraní que había dado el aviso:

-Ordena al grupo que irá conmigo para partir de forma inmediata.

CONTINUARÁ

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