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domingo, junio 16, 2024

El Tesoro trae nuevos personajes

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Aparecen nuevos protagonistas. Y el folletín semanal sigue avanzando en esta región aunque algunos provengan de miles de kilómetros de distancia.

En el resumen de lo publicado en los capítulos 1, 2 y 3, vaya esta enumeración de historias y datos.

En el capítulo 1 – Por los caminos del Señor el protagonista es Tadeus, un cura jesuita – En 1768 este jesuita de la Misión de Santa María va a partir hacia San Ignacio con una carga importante en sus alforjas mientras los paulistas que buscan esclavos se preparan para atacar la Reducción

En el capítulo 2 – Territorio pirata se desarrolla en la actualidad, Zosa Guarencio es un capo de la marihuana y está enojado con las autoridades argentinas porque “no cumplen sus pactos”. Y busca realizar una acción vengativa: secuestrar la hija de un Prefecto.

Capítulo 3La sartén y el fuego Linda Celeste (17) es la hija del Prefecto que acaba de ser secuestrada. Primero no toma conciencia de la situación y cree que ha sufrido un accidente mientras iba a la escuela

Gilles Bechardié (un Gerard Depardieu joven puede ser su imagen).

Capítulo 4

Integrado y vital

Yo tengo un problema –solía decir Gilles a sus compañeros de trabajo- con mis sueños. No se trata del contenido, de lo que aparece en mis horas de descanso. No. Mi problema es cómo aparece. ¿Entienden? Sueño como si fuera un encuadre de televisión o de cine. ¡No puede ser! Estoy en pleno sueño y las imágenes se me aparecen en picada y luego hay otra ‘toma’ –en realidad, no sé cómo llamarlo- y entonces lo que sueño se me aparece en contrapicada. Entonces, en vez de ver qué pasa, sigo como si estuviera en la vigilia. Voy buscando mejores posiciones para que las imágenes se vean mejor. ¿Entienden lo que les digo? Fíjense, anoche soñé que navegaba por el río Sena. Iba en una de esas grandes embarcaciones que suelen llevar muchos turistas. Había otra gente a bordo pero no me miraba. Y sin embargo, yo estaba atento a cómo se veía la superficie del río; cómo era el surco que iba abriendo la proa del barco, y luego miraba la estela de agua con sus burbujas mientras nos íbamos alejando. Y todo eso duraba como las pompas de jabón, la espuma se desvanecía enseguida. Pero, yo me fijaba en el surco en el agua y cómo se podría poner una cámara allí para que se viera mejor. O más original. ¿Ven lo que les quiero decir? Estoy dominado por mi profesión. Ni siquiera cuando duermo puedo descansar de ella. Creo que debería tomarme unas vacaciones sin cámaras ni filmadoras, ¿verdad? La otra noche, en el mismo sueño, luego de abandonar la embarcación se me apareció un tío mío que me hablaba. Es un hermano de mi mamá que yo quiero mucho. Pero yo no escuchaba lo que iba diciendo. Ese tío viaja por todo el mundo. Y a mí me interesaba lo que tenía para contarme. Pero en vez de prestar atención a sus palabras y consejos, sólo veía los labios. Mi sueño iba y hacía un primerísimo primer plano. Sólo era el retrato de su boca, sus labios se movían pero yo no estaba escuchando ¿Entienden? Es un tormento ser dominado hasta en el inconsciente por un carácter maniático del trabajo. Reniego de eso. Pero no puedo evitarlo, amigos…”

Cuatro meses antes.

Son las cuatro y media de la tarde y el día de trabajo está finalizando. En el Channel Quatre de Paris, todo es relax. Las personas en su mayoría jóvenes y con vestimentas décontracté se van despidiendo. Algunos se dan los dos besos clásicos y se alejan de las oficinas en el cuarto y quinto piso de un edificio sobre la Avenida Robespierre. No existe en ninguno de ellos, el frenesí inherente a los canales de televisión que trabajan con noticieros y programas en vivo. Aquí se respeta el espíritu Slow que está impregnando el nuevo milenio y que busca vivenciar más fondo las experiencias. Y se deja de lado esa locura alienante de los workaholics. El estrés de los fanáticos de los horarios y los relojes es una idea mal vista en el canal.

Algunos oponiéndose a esta filosofía decían que sin esa adrenalina -típica del siglo XX- no querrían vivir y que preferían morir de un ataque al corazón que de aburrimiento. Un francés, justamente, llamado Jean-Jacques Servan-Schreiber había escrito a mediados del siglo pasado El desafío americano donde se apreciaba cómo se forjaba este aspecto de la cultura estadounidense de trabajar hasta caerse muertos.

Pero él no era de esos. Y nadie en su trabajo, tampoco.

En el Channel Quatre, como en una gran productora que eran, los documentales estaban a la orden del día. Todo tenía un ritmo pausado y las previsiones se hacían con semanas y meses de anticipación. Nada los tomaba por sorpresa. No importaban los terremotos, los tsunamis, ni los ataques terroristas. Ni las finales deportivas de eventos como carreras de motos o bicicletas o esa locura velocista de la Fórmula 1; no se oía hablar de la UEFA Champions League ni de los torneos de Roland Garros o Wimbledon.

Si algún evento se producía y tenía trascendencia desde el ámbito de las noticias, un selecto grupo de investigadores del Channel se ponía a analizar y ver qué informe se podía plasmar. Si, por ejemplo, se daba el caso de un alimento de origen animal o vegetal que producía algún tipo de problema en la salud de consumidores, el Comité Científico (así se llamaba) se reunía, analizaba los datos y comenzaba a trabajar para emitir un informe –casi siempre de 24 minutos- que podía ser vendido tanto a los canales nacionales como de otros países. Además tenían un sistema de doblaje/traductorado que permitía producir los reportajes tanto en la lengua gala como en otros idiomas de la Unión. Así iban saliendo de esta notable factoría de contenidos culturales sus mismos trabajos en inglés, en alemán, en italiano y en español. Y se estaba evaluando incorporar el neerlandés y el flamenco ya que de los Países Bajos venía una constante demanda de la producción del Quatre.

Gilles Bechardié es feliz por ello. Ha tenido otras experiencias laborales y a sus 32 años es capaz de apreciar el status quo laboral.

Su origen belga no impide sentirse un francés hecho y derecho. En su sangre corren también ancestros suizos (aunque él siempre se preguntaba ‘¿Puede ser suiza una nacionalidad?”) y vasco-franceses.

Su ejercicio profesional como fotógrafo lo tuvo alguna vez –‘un tiempito’, diría él- en la redacción de un vespertino donde alternaba coberturas de partidos soporíferos de fútbol o rugby que interesaban a “don Nadie y sus dos hermanos” (aburrimiento y soledad) junto con accidentes rurales donde un caballo perdía su cabeza atropellado por un coche menor o incendios de pasturas que alteraban el ganado del lugar.

Y luego, cuando quiso ejercer la docencia (Historia del Arte contemporáneo era su debilidad, en especial en su convección a la digitalidad) nada pudo obtener. Se presentó a los concursos en Facultades, institutos, carreras de diverso origen, hizo llegar su cargado currículum cuyos papeles parecían tener forma de boomerang y volvían a él y se transformaban en símbolo de su frustración.

Hasta había sido despachante de bebidas en un bar étnico en Brest (¡Qué épocas de bartender!) e intentado desenvolverse como Dee Jay en la Costa Azul. Al menos supo que no pasaría más música para viejitos ingleses y alemanes en Benidorm, allá en el Sur español, donde el castellano no era la lengua principal.

Pero cada vez que el objetivo se ponía delante de su cámara, Gilles se transformaba. Era su gran satisfacción ver cómo las fotos trasmutaban en sentimientos y mirada subjetiva sobre papel impreso.

Es claro que amaba los viejos rollos que iban desapareciendo de este mundo y las copias en blanco y negro seguían siendo su debilidad. Solía hacer trabajos en sepia que producían fascinación en quienes apreciaban las buenas fotos. No importa que Eastman dejara de fabricar rollos. Así era el desarrollo y el avance de la humanidad.

Pero eso no lo desanimaba: aún quedaban las de Kodak y Fujifilm. ¡Y se conseguían!

Él tenía fe en el futuro. Había leído al filósofo y semiólogo italiano Umberto Eco y coincidía que, entre las alternativas de ubicarse en el bando de los apocalípticos o en el de los integrados, ya había tomado partido por los segundos. Y confiaba en eso que los psicólogos inspirados en Freud llamaban el Eros o impulso vital.

Era claro que si estaba en un canal de televisión, lo suyo tendía a las filmaciones. Y así su arte fotográfico resultaba mejor aprovechado en esas fotografías del movimiento o los 21 fotogramas por segundo que envía la televisión cada vez que emite. Gilles era uno de los camarógrafos más apreciados del Quatre, pese a algunas singularidades de su personalidad.

Es que, ni él mismo a veces se entendía.

Grumpy o El enano gruñón.

Casi siempre estaba de buen humor y era conversador. Su rostro un tanto grasoso (la dieta mediterránea en él no parecía tener un significado saludable plasmado en su piel) se tornaba hosco y se volvía parecido a Gruñón, el personaje de Disney en Blancanieves y los siete enanitos: su nariz grande y bulbosa adquiría en esas desagradables ocasiones un color carmesí intenso donde se le veían las venitas y todos tendían a huirle (por lo bajo, lo llamaban Grumpy). Pero, luego pasaba la tormenta interior, y volvía a ser el Gilles de siempre. Y todos sabían que siempre que había tormentas, en algún momento se terminaban. Y ahí volvía el Gilles de siempre.

***************

Vaya ironías de la vida, pensaba Gilles. Su irrupción en este trabajo se había dado en 2006 cuando tuvo que ir a Alemania por el Mundial de Fútbol. El Channel –pese a sus declaraciones de principios- aceptó el convite de realizar una serie de notas sobre las distintas poblaciones del país teutón. Allí aparecían los ribereños del Rin, los moradores de la región de la Selva Negra, los portuarios de Hamburgo y los afrancesados de Karlsruhe cuya frontera se había movido durante siglos hacia uno y otro país y a veces eran Estrasburgo.

Esa fue su ocasión y no la dejó pasar.

Gilles se sintió a gusto. Filmó como nunca, logró tomas increíbles y popularizó las entrevistas en contrapicada, con fondos paisajísticos, un efecto muy difícil de lograr pero que –al estilo del Channel- cuando se tenía tiempo, se hacía con mucha paciencia y los resultados eran notables. Él mismo tomó como inspiración el clásico de Orson Welles, Citizen Kane, y demostró que le televisión podía lograr calidad cinematográfica.

Las famosas filmaciones en contrapicada de El ciudadano

De allí, fue cada vez más reconocido en el Channel.

Hoy, se está yendo a casa. Pero Romuald Cremond, su inmediato superior lo llamó por el teléfono interno.

-¿Tendrás cinco minutos para mí, antes de partir? –lo consultó dando por descontado la respuesta afirmativa.

Y, sin sospechar de lo que podía resultar en la charla, se acercó a la oficina.

-Mira, tenemos un especial sobre América del Sud. Tenemos que ir a una región central, alejada de los dos océanos pero rodeada de ríos. Allí, hace 250 años, hubo una avanzada cultural impresionante…

-¿De qué se trató? –preguntó interesado Gilles.

-Fueron los Jesuitas que construyeron 30 pueblos y congregaron decenas de miles de aborígenes en lo que se dieron en llamar Misiones. ¿Quizás recuerdes la película La Misión de Roland Joffé que ganó la Palma de Oro en Cannes unos años atrás. Actuaban Jeremy Irons y Robert De Niro?

-Ah, sí. –señaló sin mucha convicción y escarbando en su memoria, Gilles-. Conozco algo del asunto porque me dijeron que luego de que partieran los religiosos, en el apuro por la partida tuvieron que dejar algunos tesoros que nadie pudo hallar.

-Bueno, eso es parte de las leyendas que hubo para con la congregación. Lo que deseamos es que estés en el equipo de filmación que viajará por Argentina, Brasil y Paraguay. ¿Qué dices…?

-¡Me encantaría!

¿Por qué había aceptado sin más?

La relación con Michelle se había deteriorado en demasía. Ella se dedicaba al glam y la moda. Su oficio como redactora creativa pasaba por un mal momento y él no estaba con la paciencia suficiente para aceptar las quejas amargas de la muchacha.

Era una rubia de la zona Bourgogne y su pelo tenía esos tonos violáceos increíbles como el vino de la región. “Tu es mon vin Pinot Noir.” “Sos mi vino Pinot”, solía decirle al comienzo cuando el romance viajaba por los caminos de la pasión y las alegrías compartidas con charlas hasta altas horas.

Vendimia en Borgoña

Pudo viajar a Macon en la región sureña de Borgoña y hacer una producción especial de imágenes con la vendimia y posterior elaboración de vinos blancos y tintos, con su denominación de origen Pouilly-Fuissé.

Allí el aire fresco y la buena relación con los padres de Michelle hacía parecer que todo iba a ir bien siempre.
Pero el retorno a París era como poner un manto oscuro sobre sus vidas y la relación que llevaba.

Ahora era tiempo de dejar atrás a Michelle.

***************

Unos 45 días después, Gilles se encontraba abocado a su nuevo desafío. No eran las fotos por una vez en su vida que le absorbían toda la energía. No. Había un interés que venía de sus ancestros más aventureros. Un tío suyo, hermano de su madre que había sido marinero y había estado visitando continentes exóticos como Groenlandia (esa gigantesca isla que es propiedad de un país pequeño y que cabe en la mano), había fatigado las arenas subsaharianas y también realizado caza submarina en las transparentes aguas adyacentes a las islas del Índico; ése era un poco su inspiración. Edward, su tío, era un espejo en el que se sentía reflejado. Allí estaban por su habitación algunas fotos del tío con sus trofeos. Ahora, era su turno.

Lo llamó por teléfono.

-Tío… ¿cómo va?… Ni te pregunto dónde estás…

-Hola Gilles. Bien… y vos

-Me ofrecieron viajar a Latinoamérica, tío Edward..

Hubo un silencio casi como un titubeo en la comunicación…

-¿Es por trabajo?

-Sí, claro. Pero quería saber algo más. ¿Estuviste por allá… hay franceses?

-Estuve en Rio de Janeiro, en Brasil…¡Ah, esas playas y esas garotas! Pero la verdad es que no mucho más… Es una región que debería visitar…

-¿qué me dices?

-¡Es genial…! Tenés que ir… seguro. Solo vacunate contra todas las enfermedades tropicales… Sería muy triste tener que padecer una malaria o fiebre amarilla a estas alturas…

Ahora el que quedó pensativo era Gilles… Pensó que estas enfermedades ya eran parte del pasado. Pero no.

Luego hablaron de otras cosas. Le contó que la relación con Michelle había entrado en una impasse. El tío lamentó oír eso porque apreciaba a la muchacha… Hasta que al final se despidieron.

Estaba muy abocado a estudiar castellano y portugués con la felicidad de ver que la raíz latina ayudaba a aprender ambos idiomas en simultáneo. Luego –no sin sorpresa- vería que en la realidad los idiomas hablados a veces poco tienen que ver con lo que se estudian en libros y academias. Pero esa era otra historia.

Y estaba fascinado por la posibilidad de lanzarse tras la búsqueda de algún tesoro. Él creía que ya no existían más. Que se habían terminado. Que con toda la tecnología existente, era fácil rastrearlos, (aun en las vírgenes y oscuras profundidades de los océanos donde yacen buques hundidos de todas las épocas) y sacarlos a la luz del día.

Sin embargo, las historias referidas al lugar que iba a visitar tenían magia e implicaba los suficientes desafíos como para que el espíritu del tío Edward se encarnara en él y no viera la hora de partir hacia América del Sud en busca de joyas, fortunas y oro y plata, según su frondosa imaginación. Era claro que lo más importante sería la búsqueda en sí, pero el desafío le inflaba las venas y su sangre parecía correr más rápido con el pulso acelerado cada vez que pensaba en la proximidad de su viaje.

Uno de los hallazgos que más lo ilusionó contenía este relato: “Después de ocurrida, la expulsión de los Padres Jesuitas, (1767) empezaron a correr rumores sobre supuestos tesoros pertenecientes a los padres de la congregación creada por Ignacio de Loiola (como decían en aquel entonces).

Todo esto se había potenciado con otras fábulas, ya que el territorio misionero había quedado deshabitado en su mayor parte luego de la expulsión. Hasta que a comienzos del siglo XX, cuando las corrientes colonizadoras privadas y oficiales empezaban a poblar la región de los 30 pueblos del Guayrá.

Allí es donde aparece un escrito que –según el libro De geheime schatten jezuïeten in de Nieuwe Wereld (algo así como Los secretos tesoros jesuitas en el Nuevo Mundo), del ignoto Lic. Jörg Timothy Sechoer-.

“Con ese propósito, bajaba por los caminos, XXXXXX (no se podía leer claramente)  cuando se sintió verdaderamente mal. Como se sentía morir, sacó de su equipaje una cajita  y se la entregó al guía local que lo acompañaba. Le dijo que era jesuita y que viajaba de incógnito, enviado por la Orden para recoger el tesoro que los de su Congregación habían escondido cuando fueran expulsados.  -Estos los habrían enterrado en alguna parte de sus antiguas posesiones, con la intención que no se los llevaran los funcionarios reales ni los portugueses que atacaban las misiones en busca de esclavos y de los talegos-.

La pequeña caja contenía un papel con las supuestas indicaciones para llegar al lugar.
El caminante fallece y el muchacho sólo tenía un extraño papel con escrituras que desconocía. Fue a ver al cura del pueblo quien vio que el texto estaba en latín.

Así comenzó el camino. Pero no había ningún plano en el documento. Sólo expresaba que el “manifiesto” estaba enterrado “en una de las reducciones que habían pertenecido a los Jesuitas”. 

Algunos descubrieron un túnel en San Ignacio pero luego de intentos había sido desechado porque se trataba de un simple acueducto que buscaba canalizar los riachos que se generaban cuando las lluvias arreciaban. Allí comenzaban las fábulas que sostenía que los más arrojados decidieron arriesgarse y se lanzaron por el túnel. Las gentes del lugar afirmaban que estos valientes terminaron dejando sus huesos en esas excavaciones y que de ahí nunca más salieron.

Su paso por la tienda con artículos camping y outdoor (vida al aire libre) fue inevitable.

Quedaba claro que convenía vacunarse contra algunas enfermedades endémicas de la región y que los mosquitos solían hacer desastre así como el sol tropical en la piel pálida de europeos confianzudos.

-Sí, esta vestimenta tipo Rambo posee muchos bolsillos, algunos ocultos donde puede llevar hasta cerillas para encender el fuego. Fíjese -le decía el vendedor- que este pequeño bolsillo posee un espacio hidrófugo. Esto significa que lo que usted guarde aquí no se mojará por más que ande en el agua…

Y pudo conseguir unos botines anti-calor. O sea, generaban una corriente de aire interna para evitar la sudoración del andar en tierras muy cálidas a la vez de proteger de las mordeduras de serpientes y demás factores agresivos.

Estaba fascinado.

No sabía cuánto le iba a servir este tipo de tecnología para la aventura que se preparaba para vivir.

******************

En el otro lado del mundo, una muchachita llamada Linda Celeste tiene un arreglo especial con su abuela Ñuki.

Y ella que ve en la muchacha un reflejo de su propia juventud acepta el pedido.

“Me tenés que bordar unos dobladillos en la solapa del uniforme de la escuela, abu”. Le había dicho.

Aunque la muchacha no le aclaró, sospechaba -¡y con razón!- que allí guardaría elementos non sanctos. Sí. Linda Celeste sentía que debía integrarse a sus compañeras. “Todas fuman… yo también lo haré”. Así guardaba en el dobladillo dos o tres cigarrillos y un encendedor. Ella tampoco podía imaginar cuánto le iban a servir estos elementos para la (no deseada) aventura que le tocaría vivir.

Fin del episodio

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