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martes, agosto 16, 2022

La increíble vida de Lola Mora, una artista adelantada a su época y autora de Las nereidas

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Nació en un pueblito tucumano. Fue pintora y luego se perfeccionó en escultura cuando vivió en Roma. Volvió al país y trajo Las nereidas, la obra que la eternizó. En el paseo Costanera Sur, cualquier paseante –sin ser conocedor del arte- podrá admirar esta maravillosa obra construida en mármol de Carrara

Lola Mora fue una artista adelantada a su época: esculpió una obra llena de desnudos para colocarla en pleno centro porteño ¡en 1903! La intención era dejarla en la Plaza de Mayo, pero las mentes puritanas de entonces lo impidieron. Fue una mujer que (horror) trabajaba y (más horror) usaba pantalones. Sin embargo, cualquiera que hoy en día visite la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no dejará de fascinarse con la mayor obra de la creadora tucumana: La Fuente de las Nereidas, instalada desde 1918 en el paseo de la Costanera Sur.

Lola Mora fue primero artista de pintura pero más tarde se inclinó por la escultura y no la dejó más.

No obstante, hace casi cien años, estuvo por varios lustros en el Paseo de Julio, frente a lo que ahora es el CCK, donde fue inaugurada el 21 de mayo de 1903. Y, claro, fue su obra más conocida.

A la inauguración concurrió una multitud, algo inusual para una escultura, y hasta el ex presidente Julio Argentino Roca estuvo a punto de ir, dado que era su artista protegida y admirada, tucumana como él, y a la que había ayudado a que consiguiera un subsidio para que continuara con los estudios de escultura en Roma. Otro ex presidente de la Argentina, Carlos Pellegrini, la visitó en el atelier romano y se dice que la invitó a que regresara al país para continuar con su trabajo.

Como está hoy. La fuente de las nereidas con sus caballos poderosos y Venus, allá arriba, naciendo.

Datos biográficos y formación

Dolores Candelaria Mora Vega, más conocida como Lola Mora, nació el 17 de noviembre de 1866.

La fecha de nacimiento en la que cree la mayoría -incluido el Congreso Nacional- es la del 17 de noviembre de 1866. Fue la fecha tomada por el Parlamento para aprobar, en 1998, la celebración del Día del Escultor, en honor a la artista tucumana. Pero dos historiadores del Jardín de la República lo ponen en duda y especulan con que Lola Mora nació en los primeros meses de 1867, en vista de que fue bautizada -aseguran- en abril de ese año, señaló el especialista Eduardo Barcelona.

Huérfana de ambos padres a los 18 años, ya tenía decidido su futuro como artista plástica. El pintor italiano Santiago Falcucci fue su primer maestro en San Miguel de Tucumán. Lola tomaba clases particulares del maestro, quien la inició en la pintura, el dibujo y el retrato.

De Falcucci, Lola aprendería el neoclasicismo y el romanticismo italiano, que caracterizó su vida. Retrató a las personalidades de la sociedad tucumana de entonces. Así aprendió a relacionarse con el poder, mediante su arte, recordó otro especialista Juan Thames.

Lola se había transformado en una celebridad en Tucumán. En julio de 1895 viajó a Buenos Aires en busca de una beca para perfeccionar sus estudios en Europa: lo consiguió y se instaló en Roma en 1897. Primero fue alumna de Francesco Michetti y luego de Giulio Monteverde. Este último, al ver las cualidades de Lola le sugirió: “Deja la pintura; lo tuyo debe ser la escultura”. Y así fue.

Lola se insertó naturalmente en los círculos artísticos y culturales de Roma, donde fue muy respetada. La escultura de un autorretrato de la artista, de mármol de carrara, exhibida en la Exposición de París, ganó una medalla de oro, agregó Thames.

Testimonio de cómo trabajaba Lola Mora. En su atelier, realiza la escultura de un busto con su modelo Jacinto Valor.

Llega la (indeseada) fama

Volvió a Argentina con el nuevo siglo. Hizo la estatua de Juan Bautista Alberdi, el hijo pródigo de Tucumán. Ofreció al gobierno porteño la obra Fuente de las nereidas (un magnífico grupo escultórico con reminiscencias mitológicas romanas) y una vez aprobado, volvió a Italia para ponerse manos a la obra.

En agosto de 1902 Lola Mora regresó a Buenos Aires con los bloques de la fuente embalados. Cuando se descubrieron las estatuas desnudas que la conformaban, estalló el escándalo. Muchos la consideraron inapropiada para instalarla enfrente de la Catedral.

Detalle de la obra Las nereidas. La fuerza y los músculos de animales y humanos en un momento clave.

¿Pero de qué se trataba?

Representaba el nacimiento de Venus (mujer nacida de las aguas), que surgía con gracia de una ostra marina, sostenida por dos Nereidas (con escamas en sus muslos, que terminan en colas de pez, enroscadas en una roca).

El complejo escultórico causó controversia desde el primer momento. Objetaron la moralidad de la diosa Venus, que se atrevía a nacer desnuda en la vía pública. Los medios contaron que la policía tuvo que proteger la obra de las agresiones.

La población porteña, muy pacata, no deseaba un conjunto de estatuas con desnudos en la Playa de Mayo.

Los tritones son la contracara de las sirenas y las nereidas, las ninfas del mar Mediterráneo. Una nereida fue la madre del guerrero Aquiles, aquel cuyo único punto vulnerable estaba en el talón, porque su madre lo había tomado desde allí para hundirlo en el agua que lo blindaría.

Las nereidas son las ninfas que habitaban el mar Mediterráneo, según la tradición latina vigente en Roma.

Segregada hasta por otros artistas

Lola Mora tenía su propio talón de Aquiles: los intelectuales y sus colegas artistas no la quisieron y quien fue el creador del Museo de Arte Moderno, Eduardo Schiaffino, nunca la recibió, la menospreció.

La analista de la obra de Mora, Patricia Corsani, reconoce que la tucumana “nunca pudo integrarse” a la colonia artística en el país. “Por su manera de actuar, en función de los encargos que conseguía”, explicó en diálogo con Télam. “Ella tenía el taller y vivía en Roma. Y tenía una relación directa con el gobierno cuando Roca fue presidente. Ella era tucumana, como Roca. Tenía vínculos en la provincia que son los que la presentan en Buenos Aires y cuando ella hace el pedido del subsidio para estudiar fuera del país no tuvo inconvenientes en conseguirlo”.

Schiaffino tenía su personalidad y no soportaba a Lola Mora. De hecho, hasta el día de hoy no existe una sola obra en el Museo de Bellas Artes de la tucumana. Ya se sabe: el ego de los artistas es tan grande que el mundo no soporta la presencia de dos juntos en una misma habitación.

Lola trabaja y esculpe las nereidas, las ninfas con escamas en sus muslos y cola pez.

Pero como en la bíblica frase, nadie es profeta en su tierra, Lola Mora llegó a recibir los encargos de esculpir una estatua de la reina Victoria, a ser emplazada en Melbourne (Australia) y otra del zar Alejandro I en San Petersburgo (Rusia), nada menos.

Triste, solitaria y final

El 22 de junio de 1909, a los cuarenta y dos, Lola contrajo matrimonio con Luis Hernández Otero, un intrascendente empleado del Congreso, hijo de un ex gobernador entrerriano y diecisiete años menor. En el acta, Lola figura con diez años menos. La pareja nunca fue feliz y luego de cinco años su marido la abandonó. De su vida privada han corrido muchas versiones: desde que fue amante de Julio Argentino Roca, un gran admirador y protector suyo hasta que tenía inclinaciones bisexuales, resumió Juan Thames.

421px-Lola_Mora_en_1930
Ya mayor, una de sus últimas fotografías públicas del AGN.

Otros biógrafos señalan que su esposo era sobrino de José Hernández el autor del Martín Fierro y que el divorcio se realizó en Italia.

Fallecido Roca, perdió todo su apoyo y comenzaron a pasarle factura.

En 1825, el presidente radical Marcelo T. de Alvear dejó sin efecto la encomienda para diseñar el Monumento a la Bandera. Era la última obra encargada por el Estado.

Se lanzó a algunos emprendimientos que fracasaron.

Desahuciada y con su salud deteriorada, entre 1932 y 1933 retornó a Buenos Aires, bajo el cuidado de sus sobrinas. Le costaba caminar, divagaba y perdía el conocimiento.

Un par de periodistas a la salida de su diaria tarea, encuentran una noche a una viejita que deambulaba por la ciudad. Le preguntaron qué hacía. “Voy a secar a mis hijos” (nunca tuvo hijos biológicos). Tenía un pañuelo mojado en sus manos y un cartel que decía “Lola Mora” y la dirección donde podían llevarla.

Los hombres de prensa llevaron la historia a Alfredo Palacios y éste impulsó una pensión para la artista. Aunque la retribución salió por ley, Lola vivió muy poco tiempo más. Era 1937 y ella, apenas, se preocupaba por “sus hijos” y trataba de que no estuvieran mojados a la intemperie.

Para apreciar algo más sobre Las nereidas, ver el siguiente video

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