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sábado, septiembre 25, 2021

El Capitolio está que arde

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Un análisis especial realizado por Lucas Doroñuk – Profesor de Historia para PM. Con una mirada que contextualiza los hechos que arrancan al finalizar la I Guerra Mundial y llega a estos días.

Estados Unidos se posicionó como el gran acreedor del mundo luego de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), luego compartió la hegemonía global junto a la Unión Soviética hasta 1991, y desde ese año en adelante es la potencia que define y decide sobre los asuntos internacionales con total impunidad. En base a esto, lo acontecido en la jornada del 6 de enero de 2021 en Washington es más que una curiosidad, es un evento inusitado, no solo para los estadounidenses, sino para todo el mundo.

Los seguidores y fanáticos de Donald Trump inician su ataque (AP Photo/Jacquelyn Martin)

¿Qué pasa con la democracia “yankee”?

El proceso de transición de poder en el ejecutivo estadounidense fue polémico desde el 2020. Donald Trump no aceptó, hasta pasadas varias semanas de los comicios, la victoria de Joe Biden. Luego de eso, deviene su discurso propiciando el espacio para cierto fraude electoral en diversos estados del país. Algo que nunca fue corroborado. Pero el 2021 sorprendió a todos, inclusive al mismo Trump. Mediante una cita meramente ceremonial de las instituciones estadounidenses, en donde se debate sobre la certificación del triunfo electoral del presidente entrante, en este caso de Joe Biden, el mundo puso sus ojos sobre Washington.

Ingresando al Capitolio. Una acción temeraria que genera dudas acerca de cómo no se pudo prever (Foto The Verge)

En horas de la tarde estadounidense, el Capitolio (ese sitio simbólico de la República y la Democracia) se vio asediado de manera coercitiva y autoritaria por manifestantes de Donald Trump con el fin de repudiar el resultado de las elecciones que ya tuvieron su veredicto final el año pasado, y también de boicotear la certificación de la victoria de Biden. Este evento pasa a la historia por el crudo enfrentamiento entre manifestantes y las fuerzas policiales que se encontraban rodeando el recinto, dando como saldo final varios heridos y cinco fallecidos en total. Asimismo, cabe destacar que cierto grupo de simpatizantes republicanos logró ingresar al Capitolio, y dieron lugar a imágenes extrañas para el “primer mundo”. Si bien el enfrentamiento fue duro, el recinto fue evacuado para la seguridad de los representantes políticos presentes en él.

Esta reacción de los seguidores de Trump tiene varias explicaciones detrás. En principio, sus acciones son resultado de la política outsider llevada adelante por el propio Trump. Esa postura desafiante, políticamente incorrecta, racista y xenofóbica, que sin escrúpulos amplió la brecha de la discordia en el pueblo norteamericano, es la culpable directa de las acciones en el Capitolio. El discurso no es inocente, y una vez más quedó demostrado que las palabras tienen más fuerzas que los palos.

Por otro lado, una sociedad posmoderna avasallada por las redes sociales y la posverdad, constituye el escenario propicio para que se crea en cualquier discurso que transite en los ámbitos comunicativos. Creer en un fraude vía Twitter, pero no participar de la política partidaria y de militancia de manera activa parece ser la premisa de estos días, y, por supuesto, es uno de los motores de los manifestantes que actuaron en los incidentes del Capitolio.

El Golpe de Estado que no fue

Ante lo acontecido en Washington, en las redes sociales y los medios de comunicación afloraron discursos que buscaron dar la categoría de Golpe de Estado. Ahora bien, es difícil y complejo hablar de este fenómeno. Primeramente, porque ante la falta de organización y consigna política evidente (mas allá de la conspiranoia del fraude electoral) el accionar de los seguidores de DT no logró conseguir una desestabilización efectiva del orden político que detenta el Estado.

Esta revuelta quedó contenida por las fuerzas policiales que aún obedecen al orden estatal. En todo caso, podríamos hablar de un “auto-golpe”, entendiendo que aún es Trump quien dirime los destinos del país del norte, pero sus manifestantes no lograron conseguir ningún tipo de desestabilización efectiva del orden público del Estado.

En definitiva, conviene hablar de un intento de Golpe Blando, y se entiende que la parafernalia conspirativa es la bandera de los manifestantes que asediaron el Capitolio, y que, además, el producto de dicho enfrentamiento puede ser tomado discursivamente como un debilitamiento en la transición del poder político, que salpica el inicio de la gestión Biden.

Asimismo, el ojo de los medios de comunicación (que en general no apoyaron a DT) estadounidenses pueden, a partir de lo acontecido, operar en contra del entrante Biden, dando la noción de ser el culpable de la primera gran movilización contra el Capitolio en la historia reciente de EE.UU.

Las diferencias entre Trump y (su vicepresidente Mike)Pence también fueron evidentes. El segundo abogó, en primera instancia, por no condenar lo sucedido en las calles de Washington, mientras que Donald fue crítico para con sus manifestantes vía Twitter, aunque indudablemente jamás nombrará que las acciones de ellos son producto de sus discursos.

Este quiebre en la política interna de EE. UU es un evidente proceso acumulado de una crisis de larga gestación en donde confluyen elementos alarmantes: desconfianza en el sistema político, radicalización de los discursos y falta de argumentos y de ciencia en las decisiones del orden público.

El Capitolio fue asediado e invadido, aunque rápidamente evacuado. Si vamos a la historia, solo había sucedido una vez. En el año 1814, el general británico Robert Ross ordenó la ocupación y el incendio del icónico punto político de Washington, como así también de la Casa Blanca. Ahora bien, esto sucedió en el contexto de guerra entre Estados Unidos y Gran Bretaña, lo que resignifica aún más lo sucedido en los primeros días del 2021.

Una imagen única y que es difícil de imaginar: la democracia estadounidense siendo burlada por sus propios ciudadanos.

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