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La huella del tío Adolfo, maestro y periodista

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La memoria no cesa: José González (el mismo que tuvo que emigrar a Rusia en los años 70) vuelve a un tío muy querido y que lo marcó con la consigna de que tenía que estudiar para avanzar en la vida. Nada que sorprenda, pero siempre viene bien recordar que el estudio sigue siendo la manera más revolucionaria de cambiar el destino de cada uno de nosotros

En la familia de José González hay gente de mundo. No sólo él, impulsado por las cuestiones políticas de su país Paraguay que tuvo que viajar y vivir cinco años en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) sino el caso de un tío materno con el que sólo pudo tratar en la infancia. En este caso, Adolfo llegó a vivir en Praga (capital de la república Checa) y trabajó de periodista gráfico y radial.

Había sido director de escuela en San Antonio, una localidad de Paraguay a 21 kilómetros al sur de Asunción. Luego vivió en Europa y más tarde en Argentina: no sólo en Clorinda sino en provincia de Buenos Aires. Y un dolor intenso por su triste final. Este es el relato que lo recuerda.

Adolfo trabajaba en una radio en Praga donde podía emitir poemas en guaraní que se escuchaban por onda corta.

En la expedición por esta vida y echando una mirada hacia atrás, en estos días recordamos -con el tío Marino- al otro hermano de mi madre, Adolfo. Tengo tantas cosas que agradecerle a quien siempre conocí como el tío Maestro, de trato suave y agradable.

Estos recuerdos no son fruto de una memoria prodigiosa, sino de la huella profunda que en mí dejó aquel hombre sencillo y bonachón, que se elevó a sí mismo para luego, mediante el conocimiento, contribuir a elevar a los demás.

Lo conocí durante mi niñez y más aún en la adolescencia, después nunca más lo vi. Su trágica muerte fue un golpe muy duro. 

Adolfo estuvo mucho tiempo en Europa, más precisamente en la hermosa ciudad de Praga, capital de la República Checa.

Praga. En esta bellísima ciudad, el tío de José González llegó a vivir: aquí se aprecia el puente Carlos de 600 años.

Allí trabajó en la revista Internacional, por la mañana y a la tarde hacía transmisiones en guaraní en “Radio Praga internacional” por onda corta. 

En la Habana, Cuba, pasó por Prensa Latina, redacción que tuvo entre sus filas al periodista y escritor colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura.

Cuando niño, recuerdo haber ido con mamá de visita hasta la ciudad paraguaya de San Antonio, donde era director de una escuela. Fue la primera vez que conocí al tío Maestro. Después, ya adolescente, estuve con él un buen tiempo en Clorinda, lugar en el que ambos íbamos en bicicleta hasta una quinta que tenía a orillas del río Pilcomayo.

A orillas del río Pilcomayo, el tío le dijo al sobrino: “Tenés que hacer algo en tu vida y estudiar”. Y así fue.

amiga, el tierno reproche. Fue él quien un buen día me dijo: “Vos no podés continuar así: tenés que estudiar”, e hizo lo necesario para que así fuera.

Quizá estas líneas me ayuden a zafar el nudo que se me hace en la garganta las veces que he intentado comprender su trágico viaje al más allá, a los 78 años. Vivía en Paso del Rey, Buenos Aires, y un buen día, en el invierno del 2000, intentó llegar a pie hasta Moreno, a la casa del tío Marino. Se perdió, rumbeó hacia Luján e ingresó a un maizal, donde murió; fue encontrado varios días después.

Hoy, hago un alto obligado para reverenciar la memoria del tío Maestro.

Sé que moldeó seres dispuestos siempre a las buenas causas y que lo esencial de su vida se fraguó en un escenario donde tener era menos importante que ser, donde la utilidad y la virtud eran los peldaños para elevarse y las espadas para derrotar los molinos de viento.

Se trata de un reconocimiento a este guardián de la utopía, a cuya consagración y altruismo tanto debemos quienes hemos sido alguna vez sus discípulos.

Noviembre de 2015

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