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sábado, septiembre 25, 2021

El país del feminismo maldito

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Guadalupe Acosta, la joven paraguaya que defiende a la mujer, vuelve sobre un tema que la afecta y que conoce (y también, a veces, padece). Pero no esquiva las dificultades y enfrenta el hecho de escudar a las chicas en un país como el suyo. Un testimonio doloroso sobre una cuestión que en muchos casos se ha transformado en tema tabú

Nadie dijo que ser feminista fuera algo sencillo. La mención de la palabra en un almuerzo familiar es capaz de generar tensiones que se podrian cortar con una tijera. Es el nuevo “cuco”, como lo fue en su momento (y quizás, un poco hasta ahora), la palabra comunista en épocas de dictadura militar, según me cuenta mi padre que la vivió de cerca.

Bella e inteligente, Guadalupe arremete contra el machismo.

Y es que, habiendo nula mención del mismo en la educación básica de América latina, una aprende del feminismo a través de sus propias vivencias como mujer.

Ser mujer no es sencillo en una sociedad cuya cultura la entiende como objeto y la somete constantemente a normas que le atribuyen calidad de persona y que, de no cumplirse, merecen ser eliminadas.

Durante mucho tiempo, yo misma evité definirme como feminista. Usaba la palabra como algo malo, como algo que debía evitarse.

Como soy una mujer cis, heterosexual, con un buen pasar económico y que recibió una buena educación, soy consciente de que viví y vivo una vida llena de privilegios. Pero en la misma, me encontré con tremendas injusticias que se explicaban únicamente por el primer factor: ser mujer.

Entendí que todas las personas somos ciudadanas libres, sin embargo yo no me sentí con las mismas libertades.

Caminando por las calles no tenía miedo de que me roben, tenía miedo de que me agredan. Crucé veredas para evitar a hombres que me perseguían y gritaban cosas horribles, mientras mucha gente miraba y no hacía nada.

Entendí que si en una fiesta me ponían algo en la bebida y perdía la conciencia, iba a ser mi culpa, por no haber sido cuidadosa.

Soporté agresiones de parejas, porque eran conflictos y ¿qué habiamos entendido con mis amigas que teníamos que hacer? Evitar el conflicto. Conciliar, no gritar, no responder, esperar, perdonar.

En mi carrera universitaria, soporté comentarios de mi aspecto, mi físico, mi rendimiento, mis planes a futuro. Recibí más críticas que compañeros que dieron mi misma respuesta.

Escuché a tantas mujeres enfadadas por no tener reconocimiento en su desempeño laboral. Y cuando me he postulado a entrevistas de trabajo me han preguntado más por mi aparato reproductor que por mi capacidad.

Cuando empecé a alzar la voz, a cuestionar, a pelear por lo que merezco, me tacharon de problemática, de histérica, de “mal cogida” y hasta se metieron con mi ciclo menstrual.

El día en que me volví feminista, y adopté esa lucha de nuestra emancipación para lograr la igualdad, cayó sobre mi su efecto. La palabra está maldita, y se te cierran puertas, perdés a gente, ya no te invitan porque “algo vas a arruinar”.


En mi país, declararse feminista es peor que cometer actos de corrupción, que cometer un robo o un asesinato a plena luz del día. Y el ostracismo social se hace notar.

Hacerme feminista trajo consigo agresiones, amenazas, persecuciones. Acompañadas de agravios como la calumnia, la difamación y la injuria.

Pero creo que la maldición solo me recuerda que estoy de ese lado, del lado correcto de la historia. Del que en unos años hablarán otras generaciones y se preguntarán ¿cómo es posible que hayan sufrido todo esto, si buscaban lo mejor para toda la sociedad?

Así como es un camino difícil de transitar, también trae consigo grandes satisfacciones: nuevos espacios, nuevas personas, nuevas prácticas que una intenta incorporar. Si al final el feminismo lo que hace es desordenar todas las piezas de lo que creías era normal y te regala la oportunidad de ordenarlas para llegar a ser otra versión tuya, una que nunca te habías podido imaginar.

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