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jueves, febrero 22, 2024

Yasmine no era feliz pero al menos, salvó a su hija

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Se llama Yasmine Mohammed. Nació en Canadá. Fue obligada a llevar el velo desde los nueve años. Si no memorizaba bien el Corán era azotada. Cuando fue a la Justicia, los jueces dijeron que no se meten con las familias árabes. Su madre quería mutilar genitalmente a su hijita y ella huyó. Hoy, habla de las mujeres de Irán y cómo sus pares de occidente hacen la “vista gorda” y muestran cero empatía.

“Todos los días, mientras le masajeaba los pies, me decía que le había arruinado la vida. Que no debería haber nacido. Que deseaba que jamás hubiera nacido. Que lo único que yo le aportaba era angustia. Que mi existencia sólo le provocaba miseria. Que tampoco iba a poder deshacerse de mí nunca, porque ningún hombre querría sacarme de sus garras. Que era gorda, fea, e indigna del amor de nadie”. La que escribe es la activista de Derechos Humanos Yasmine Mohammed y habla de su madre, a quien dejó de ver hace casi dos décadas.


“Mi madre había nacido en Egipto en una familia acomodada y había tenido toda la libertad del mundo. Se casó y, con mi padre, se fueron a vivir a San Francisco. A él le encantaba todo ese mundo. Pero a ella, no. Cuando se separaron, mi madre se refugió en la religión y se fue a vivir con Mounir, que era un fanático islamista. Se convirtió en su segunda mujer. Vivíamos en el sótano. Lo primero que hizo él fue destrozarme todo los discos que tenía: Escuchar a Dolly Parton o Kenny Rogers estaba prohibido. Me azotaba cuando no me aprendía bien el Corán”.

“Lo primero que hizo mi padrastro fue tirar todos los discos que tenía”.


Así resume su vida antes de salir a denunciar la doble moral Yasmine Mohammed. Su padrastro terminó abusando de ella sexualmente y, cuando tenía 13 años, lo denunció animada por un profesor.
“El juez no hizo nada porque decía que aquella era mi cultura. Si hubiera sido rubia y con los ojos azules, habría actuado enseguida. No habría continuado siendo una víctima porque me habrían protegido de los abusos. El mensaje fue que me tocaba aguantar porque era musulmana. Es un claro ejemplo del relativismo moral occidental”.
tenece a Alejo Schapire, un periodista argentino que vive en París. “Yasmine Mohammed (Vancouver) fue obligada a llevar el hiyab a partir de los 9 años, era azotada en la planta de los pies –porque no dejaba marcas– hasta no poder caminar y amenazada con arder en el infierno cada vez que fallaba en memorizar correctamente el Corán.

La castigaba en la planta del pie para que no se vieran las marcas

A los 13 años, la policía intervino por maltrato, alertada por un maestro, pero el juez consideró que, al pertenecer a una familia árabe, debía someterse a esa disciplina.
Mohammed nació y creció en Canadá, pero bajo el fundamentalismo islámico. En ‘Sin Velo. Cómo el progresismo legitima al Islam radical’ (publicado en 2019, pero editado en español a fines del año pasado por Libros del Zorzal) cuenta en primera persona el calvario de ser una niña golpeada y abusada física, sexual y psicológicamente de manera sistemática por su madre y su padrastro. El calvario de ser una niña que vive amenazada en su propia casa mientras las instituciones de una democracia supuestamente sana y pluralista -no de una teocracia musulmana-, en donde se supone que todas las voces son escuchadas, eligen no escuchar la suya.


Hoy en día, cuando el progresismo mundial junto a las feministas se ponen al frente en las reivindicaciones para buscar un mundo más equitativo, un mundo sin tantas agresiones con el MeToo como mascarón de proa, el testimonio de esta mujer parece ir a contracorriente.

A ellas, las mujeres que provienen del mundo árabe, que pertenecieron a la religión del Islam, no las protegen. Aunque pidan socorro y reclamen atención, poco hace el mundo bien pensante occidental por estas mujeres.
Para ellas, no hay MeToo.
Las progresistas seguirán haciendo sus heces frente a la Catedral pero poco harán por las Yasmine del mundo aunque vivan en su propio mundo occidental.

Yasmine pide solidaridad y empatía en todos los idiomas.


Sin embargo, ella dice que es al revés. Que las personas que se dicen pensantes y progresistas así como las que defienden a las mujeres abandonaron a su suerte a todas las que luchan por sacarse el velo y que no es una cuestión religiosa sino de humanismo. Cree que honestamente a las feministas no les interesa la suerte de otras mujeres del mundo árabe. Así de sencillo.
A los 19 años ya estaba casada en un matrimonio arreglado. El problema era que su marido era uno de los integrantes de Al Qaeda que terminó participando del atentado a las Torres Gemelas
Pero -el detalle es aportado por Schapire. “Acababa de tener una hija con él (el agente de Al Qaeda y a la sazón, su marido). El día en que su madre, egipcia, le explicó que debería mutilar genitalmente a su pequeña hija para arreglarla, la joven huyó de su familia con la pequeña. Se inscribió en la universidad, donde encontró las herramientas para desarmar el adoctrinamiento misógino al que la había sometido su comunidad”

Una costumbre aterradora en siglo XXI con creencias mal aplicadas de 15 siglos atrás.


La mutilación genital femenina impulsada por algunas ramas de esta religión se aplica en muchos lugares de África. Y aunque ha habido algunas protestas, las sociedades tribales de dicho continente son influenciadas por estos principios terribles.
¿Cuáles son? La mujer vino para parir hijos. No tiene que gozar del acto sexual ni llevar una vida sexual sana. Sólo están para producir descendencia.

Ahora en Canadá aparecen campañas donde dicen que el Burka es una cárcel.


¿Dónde están las MeToo? Se trata del silencio más estridente del mundo.
Sobre esta aberración, los colectivos que dicen defender a las mujeres no se han expedido y tampoco han realizado campañas siquiera para acompañar a mujeres valientes como Yasmine. Ni siquiera. Ella está (casi) sola en esta lucha.
Su iniciativa tiene un nombre elocuente: “Corazones libres, mentes liberadas” (Free Hearts, Free Minds). Y desde su condición de ex musulmana apoya a ex musulmanes ocultos en países donde esta religión es mayoría y coordina una campaña en línea llamada #NoHijabDay en contraposición al Día Mundial del Hijab.
Y sigue Schapire. “El disparador de la necesidad de contar su historia y denunciar la opresión de la mujer en el mundo islámico no vino del discurso de un iluminado de Alá sino de Hollywood. En una emisión de Real Time with Bill Maher, en 2014, vio al actor Ben Affleck tratar de racistas a Maher y al filósofo Sam Harris por denunciar cómo el progresismo hacía la vista gorda ante la persecución de minorías sexuales y religiosas. Entonces, decidió “contrarrestar esta narrativa”, con la legitimidad de ser mujer, de piel oscura y de cultura árabe y musulmana”.
En 2019, Yasmine Mohammed publicó ‘Unveiled: How Western Liberals Empower Radical Islam’ (Sin velo: Cómo los progresistas de Occidente empoderan al islam radical), su historia de emancipación, que edita en castellano en Argentina Libros del Zorzal.


Mientras tanto, participa en campañas contra la obligación del uso del velo integral, como el #NoHijabDay y, en los últimos días, ha sido una de las impulsoras de #LetUsTalk (Déjennos hablar), un mensaje de mujeres que crecieron en hogares musulmanes piden ser escuchadas.
En una nota publicada en Seul, recordó cómo empezó. Un pediatra cuestionó el hecho de obligar a usar velo en niñas. “Se ha vuelto ‘progresista’ ver el hiyab como un símbolo de equidad, diversidad e inclusión”, deploró en una nota publicada en una revista médica.
El Consejo Musulmán de Canadá no la dejó pasar y las quejas hicieron retroceder a la revista al punto de eliminar la imagen que era cuestionada.
Cuando la Justicia recibió los informes sobre los castigos que recibía una menor de trece años, ¿qué hizo el juez? El magistrado dictaminó que los castigos corporales contra los menores no iban en contra del derecho canadiense y que debido a las diferencias culturales esos castigos podían ser más severos que en un hogar promedio.
“Ya había sido traicionada por mi país cuando tenía 13 años. Mi profesor me remitió a los servicios de menores y acabé llevando a mis agresores a los tribunales. El juez dictaminó que mis abusos eran “culturales” y, por lo tanto, no intervendría. Después no busqué apoyo en Canadá. Me salí con mi hija de esta situación viciosamente tóxica en la que estábamos sin su ayuda.


¿Qué responde usted a las feministas o instituciones progresistas que defienden en Occidente el uso del velo islámico como “una libre elección”?
La verdad es que no es para nada una elección libre. Cuando te dicen de niña “podés elegir: llevar esto o quemarte en el infierno por la eternidad”, ¿cómo podés describir eso como una “elección libre”? No importa. Incluso si una mujer elige apoyar su propio sometimiento. Es su derecho. Y es mi derecho hablar contra la toxicidad y el peligro de esa herramienta de misoginia y compartir mi historia de trauma y apoyar a otras mujeres que también lo odian y que quieren quitárselo sin temer por sus vidas.

¿Por qué al feminismo occidental, muy alerta ante los micromachismos cuando son perpetrados por el hombre blanco heterosexual, le cuesta tanto escuchar el grito de auxilio de mujeres de cultura musulmana, cuando el hiyab es claramente un instrumento de sexualización de la mujer y sumisión al patriarcado? ¿Cómo percibe este doble estándar?
Esta es una excelente pregunta. La única respuesta que se me ocurre es que no les importa. Creen que están a salvo. Creen que sus hijas y hermanas están a salvo, así que ¿por qué molestarse?

O sea, no les interesa…
Sí. Exacto. Y honestamente puedo entender esa apatía y egoísmo. Es la naturaleza humana. Lo que no puedo entender es cómo apoyan activamente los sistemas contra los que luchamos. Eso es pura maldad innecesaria. No hay necesidad de envolver esta herramienta de subyugación de las mujeres en la cabeza de una niña pequeña y luego ponerla en la portada de una revista. Eso ya es promoverlo activamente.
Está claro: entre mujeres no hay empatía. Sólo a las del mundo occidental. Aunque la musulmana haya renunciado a todo lo que representa eso, no habrá compasión. Nada de MeToo.

En Irán las mujeres se cansaron.


El final es tan cruel como el inicio
Yasmine no calla nada, ni lo que pasa en Irán
“El Occidente libre, el lugar al que esas valientes chicas solían mirar como foco de luz y esperanza, está apoyando a sus opresores y, en definitiva, luchando contra su progreso. En Arabia Saudita, hay mujeres que queman su nicab (el velo que cubre el rostro). En Irán, hay mujeres que amarran su hiyab a un palo y lo hacen flamear en silencio y con actitud transgresora mientras se las arresta en manada. Por nuestra parte, en Occidente, estamos poniendo el logo de Nike en esos mismos velos. Aceptamos y apoyamos de buen grado la subyugación”.

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