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sábado, febrero 24, 2024

La increíble historia de la nena que enfrentó a Stroessner

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Apolonia tenía doce años. Vivían en ámbito rural en Paraguay. Pero venían y les quemaban las casas, las cosechas, les mataban los animales. Viajó acompañando a la delegación que fue a ver al presidente Stroessner. Los atacaron. A ella le pegaron seis tiros y al ver que no estaba muerta, de paso, la violaron. En el hospital Stroessner se acercó para abuenarse pero ella lo rechazó de plano

Apolonia Flores aún vive y tiene 56 años. Y sigue luchando por los suyos. Ahora cuenta con algunos aliados en el gobierno paraguayo pero no es demasiado. Claro que en 1980 todo era más difícil. Vivió la época dura del stronismo y pudo salir adelante pese a violaciones sufridas y que le disparan seis tiros en el cuerpo.

Había nacido en 1968 y hacia 1975, la parcela que sus padres trabajaban en el departamento de Misiones, en Paraguay, ya no daba para más. Fruto de la organización campesina, consiguieron que el Instituto de Bienestar Rural (IBR) cediera 500 hectáreas en Acaraymí, Alto Paraná, para familias nucleadas en las Ligas Agrarias Cristianas, organización que se hizo fuerte en las décadas de 1960 y 1970 cuyo sentido colectivista despertó un especial encono en Alfredo Stroessner, el gobernante de facto del país de 1954 a 1989.

Y el relato a Última hora es estremecedor. “Llegamos en 1975. Tenía 7 años, y como había muchos niños, pero no había escuela, se empezó con la escuelita campesina de las Ligas Agrarias. La comunidad vivía de la chacra. Teníamos mandioca, zapallo, gallina, chancho, vaca y había pescado del río, así vivíamos. Pero después ya llegó la persecución de Olga Mendoza de Ramos Giménez, ña Muqui, esposa de un general que reclamaba las tierras. Ella nos persiguió, dijo que eran de ella, pero el Instituto de Bienestar nos dio esas 500 hectáreas. Ña Muqui después quemó nuestras casas, mató nuestros animalitos”.

Así, la avaricia de uno pudo más que el trabajo de muchos. “Yo veía cómo venían los militares a destruir y a quemar nuestras casas, el fruto de nuestro trabajo, y nos quedamos sin nada otra vez. Teníamos hambre, a veces no comíamos, se murieron dos de mis hermanos, y cuando mis padres se iban a buscar médico yo me quedaba con mis hermanitos más chicos, a veces llorábamos, porque no teníamos qué comer, solo teníamos caña de azúcar”.

Hacia 1980, la niña tenía doce y relata: “Yo me iba a las reuniones detrás de mi papá, y escuchaba en las reuniones lo que decían y cuando fui más grande entendía mejor. Así empecé a participar, viendo las injusticias”.

Sin medicamentos ni comida, acorralados en una espiral de persecución y detenciones, los campesinos resuelven sacar a la luz su proclama e ir a reclamar a Asunción.

El viaje y la persecución

“Yo vine con mi tío y mi hermano de 14 años, Anacleto. Él sigue en la colonia ahora. Cansados de las persecuciones salimos de la colonia para reclamar. Unos 20 campesinos salimos y después nos masacraron acá en Caaguazú. Hay diez compañeros desaparecidos. La policía nos perseguía y nos bajamos en Campo 8 para que no nos maten en el colectivo, y entonces nos fuimos al monte”.

Los campesinos paran un ómnibus de la empresa Rápido Caaguazú que circulaba de noche con destino a Asunción.

Victoriano Centurión, líder del grupo, convence al chofer para que los lleve hasta la capital.

En el medio de la noche las balas comienzan a silbar cerca del vehículo. Con los campesinos viajan mujeres, niños, adultos mayores.

El interior del ómnibus queda tapizado con el vidrio de las ventanillas. Todos se arrojan al piso. “Ya vienen los militares”, escucha Apolonia.

Los militares venían por ellos “Yo me quedé con Victoriano Centurión, Apolinaria González, y Mariano Martínez. Nos dividimos para que no nos maten a todos… Y yo cuatro días más o menos estuve escondida por el monte. Me agarraron el 11 de marzo, me dispararon en el estero, seis balazos”.

El momento es dramático.

El 12 de marzo, cerca de las 4 de la tarde, uno de los campesinos sale del escondite a buscar agua.

“¡Ya vienen los militares, prepárense compañeros, son muchísimos!”, avisa.

Los campesinos se dividen. El grupo de Apolonia camina debajo del aguacero.

Una ráfaga quiebra el silencio nocturno cuando Centurión enciende su linterna. Apolonia cae al suelo. Tiene seis balazos en el cuerpo, las piernas destrozadas.

Rodeada por la policía, cierra los ojos. Aguanta la respiración. “Señor todopoderoso, si voy a ser útil para mis hermanos, encuéntrame una salida”, implora al cielo.

“Está muerta esta nena. Vamos a revisarla, ya tiene pelos”, dice uno de los efectivos. Le rompe la ropa. Quiere manosearla.

El bus en el que viajaron

“¡Nadie me va a tocar!”, lanza Apolonia desde el suelo. Los policías, que la creen muerta, se sorprenden. Retroceden unos pasos.

Le pegan con sus armas en el pecho, en la cara. Preguntan por Victoriano Centurión.

¡Mátenme, por favor, ya no vayan a jugar más por mí! -exclama-. No soy un animal, soy un ser humano como ustedes”. Los policías se ríen. La violan. Arrastran su cuerpo por el monte.

Un jefe policial intercede. La llevan al hospital de Caaguazú.

“¿Qué vamos a hacer si muere?”, murmura el chofer de la ambulancia. “Si la nena muere, tengo órdenes precisas: vamos a tirarla por el camino”, responde el compañero.

Pero no muere. Resiste.

“Primero me llevaron a Caaguazú, ahí me auxiliaron, y después como no había medicamentos en Caaguazú me llevaron al Rigoberto Caballero, ahí me curé vaí vaí (expresión que significa más o menos) y después de dos meses ya me llevaron a Investigaciones y después al Buen Pastor. Un año estuve en el Buen Pastor”.

Cuando enfrentó a Stroessner

El periodísta le pregunta si Alfredo Stroessner en persona fue a verla. “Sí. Fue llegando un día cuando estaba en el Rigoberto Caballero. Me dijeron las enfermeras que iba a ir a visitarme nuestro presidente. ‘Cuando venga hablá que con él’, me dijeron”.

Él quería tentarla. “Se fue llegando y me dijo: ‘Qué tal mi hija, cómo estás…’. Y no le hablaba yo a él, si yo estaba atada a la cama, no me podía ni mover de mis heridas, le miraba y sentía que él fue el que me hizo todo eso. Así me sentí yo en ese momento y no le hablé, me callé. Y después dijo a la enfermera ‘esta nena pio en su lengua le dispararon?’.

-No, señor presidente, puede hablar, no sabemos por qué no habla…

Y ahí me dijo: “Tengo ‘una propuesta para vos mi hija, vos saliste de tu comunidad, porque querés estudiar y te traigo una propuesta para que puedas estudiar, y podés estudiar lo que quieras, hasta que seas vieja podés estudiar’. Y se fue enojado, porque yo no le hablé.

Y dijo que iba a volver otro día para darme otra oportunidad…

Después de 15 días volvió y me dijo: ‘te traigo la propuesta para que estudies, pero nunca más vas a volver a ir a tu comunidad’, entonces le dije: ‘¿por qué señor presidente no le ofrecés a todos mis hermanos? ¿Por qué a mí nomás? Yo no me voy a quedar acá, me voy a ir otra vez a mi comunidad’.

“Volveré con mi gente”

Apolonia es el símbolo de la mujer paraguaya. Valiente como la que más. No se achica ni bajo el agua.

“Siempre me pregunto por qué fue (Stroessner) a verme en el hospital. No sé hasta ahora para qué se fue a visitarme, yo no lo acepté y le dije claramente que iba a volver a mi comunidad. Me preguntaba si quería matarme y bañarse con mi sangre, porque eso se decía también que hacía Stroessner…”

Dicen que el dictador, ofuscado por la tenacidad de la niña, le dijo: “En la cárcel te vas a morir con estas heridas, nadie te va a cuidar. Y si te vas a la comunidad, te va a picar un mosquito. De cualquier manera, todos van a morir”.

Pero no se murió.

La trasladan a la cárcel del Buen Pastor.

“Ahí viene la salvaje, la guerrillera”, escucha al llegar a la Penitenciaria Nacional para Mujeres.

En la cárcel estudia cocina, peluquería, escribe. Durante su reclusión la ven integrantes del Comité de Iglesias Para Ayuda de Emergencias (Cipae) y abogados. La visita su madre.

“¿Viniste a buscarme?”, pregunta Apolonia y estalla en llanto. Genara la consuela; lleva un bebé de 3 meses en sus brazos.

“Debés quedarte para que curen tu pierna”, le dice Heriberto Alegre, abogado del Cipae.

Sanación y dolores

-¿Quedaste con secuelas de las torturas?

– Sí, yo viví toda mi vida con este dolor. Hasta ahora tengo el mapa de Stroessner por mi cuerpo, y a veces no puedo dormir de los dolores.

“Donde estábamos, en la colonia, cerca de Acaraymí no había hospitales, y entonces cuando me dolía mucho la pierna mi papá me ponía tuju pytã por mi herida, con caña y tabaco me ponía por la herida”, cuenta.

“A veces no puedo dormir del dolor. Tengo un pedazo de bala en la pierna. Me duelen los senos por los culatazos que me pegaron ahí”

“Lío a veces con toalla, cuando me duele mucho la pierna para poder dormir. A veces ni puedo dormir del dolor, porque hay un pedazo de bala en la pierna, me dijo el doctor que si tocan puedo quedarme sin poder moverme. Mucho me torturaron. Hasta ahora me duelen los senos por los golpes que recibí en las torturas, me pegaron mucho con la culata del arma acá en el pecho. Estaba en el suelo, herida, estaba bañada en sangre y ellos me pegaban, porque querían saber a dónde se fue nuestro dirigente Victoriano Centurión, y yo no sabía dónde estaba él. ‘Ustedes me dispararon y aquí me quedé les decía, no sé dónde está’. Demasiado me torturaron ahí en el estero. Me violaron, hicieron de todo conmigo en el monte. Eran policías. Estaban uniformados. Después ya no me di más cuenta, estaba inconsciente, pero sí, jugaron mucho por mí”.

Tiene tres hijos. “Gracias a Dios pude tener hijos, con todo lo que me hicieron, pero hasta ahora me duele todo lo que me hicieron.

Brigite Colman de Última hora le pregunta si se arrepintió de haber subido a aquel colectivo en 1980. “

Cuando se decidió que íbamos a manifestarnos yo también insistí para venir, porque quería venir a luchar por mis derechos. Y le dije a mi mamá, y mi papá que iba a venir, para no tener que seguir viviendo en la miseria, les dije que nadie me iba a atajar, mi mamá lloró mucho.

Pero no me arrepiento de haberme ido ese día a protestar, a luchar por mis derechos, aunque ahora viva así.

Hoy en la comunidad ya hay una escuela, tienen su tierra, algo sirvió nuestra lucha, a pesar de todo lo que sufrimos y pagamos muy caro, porque yo quedé casi inválida, mis amigos, mis compañeros quedaron con secuelas de las torturas, y nunca nos dijeron dónde están los desaparecidos. Pagamos muy caro, pero valió la pena la lucha”.

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