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jueves, septiembre 16, 2021

La historia jamás contada del hotel de los pobres (I)

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El Hogar Madre Teresa de Calcuta de Posadas tiene una extensa trayectoria de avances y tropiezos a lo largo de tres décadas y media. Y merecía rememorar algunas de las instancias que lo llevaron de esas humildes viviendas Ñande Roga al edificio de cuatro plantas que se yergue orgulloso hoy a media cuadra del Parque de la Salud

Septiembre de 2020.

Cristian Ezequiel Correa es de Campo Grande y aunque es muy joven tuvo que dejar todo para acompañar a su madre Cristina González. “Este año fue y está siendo duro para todos nosotros –dice-: yo, como hijo de Cristina sentía un vacío muy grande al enterarme de la enfermedad de ella; pero esto no fue motivo de bajar los brazos. Nos levantamos y comenzamos a luchar”.

Su madre tenía cáncer y debía recibir el tratamiento en el Instituto Misionero del Cáncer (IMC) del Parque de la Salud.

“Nuestro primer gran desafío fue partir de casa; dejar de lado los estudios y partir hacia Posadas sin saber nada. Un doctor nos habló de la posibilidad de quedar en el Albergue y así fue. Teníamos inseguridad, miedo, pero seguimos y fuimos fortaleciendo la confianza”.

Vinieron, comenzaron el tratamiento y sí, entre quimio y quimio, se alojaban en el Hogar Madre Teresa de Calcuta. Que los recibió y les dio un cobijo mientras el tratamiento se realizaba a pocos metros de allí.

En el Hogar los fueron conociendo. “Hasta sabían qué nos gustaba y qué no; cuando estábamos bien o mal”, describió.

Han pasado los meses y la pregunta surge: ¿Cómo está la situación de Cristian y su madre?

“Hoy, gracias a Dios estamos a punto de partir nuevamente hacia nuestras casas, pero sentimos mucha alegría por haber pasado por este Hogar lleno de principios y valores”.

Y como en una vieja canción, su despedida es sencilla y emotiva: “En nombre mío y de mi madre no nos quedan más palabras que de agradecimiento. ¡No es un adiós sino un hasta luego!”

La humilde casita de Blanca Cherey empieza a dejar paso al Hogar Madre Teresa (años 80)

El comienzo es el fin

Finales de los años 80 del siglo pasado.

Blanca Cherey salió esa mañana de su departamento de la chacra 32/33 de Iprodha y decidió no tomar el colectivo. Fue caminando hacia el Hospital a donde realizaba su trabajo de asistente en radiología. En algún punto, una camioneta (una chatita, como le decían entonces) la atropella. El mismo conductor la levantó. Y la dejó cerca del barrio donde vivía.

En realidad, fue todo confuso. Apenas, se supo que luego apareció una ambulancia que la llevó finalmente al Hospital Madariaga. Toda maltrecha y de allí, la llevaron al Sanatorio Nosiglia. Eso es lo que se sabe.

Al poco tiempo, su cuerpo lastimado por los golpes no resistió más y falleció.

Blanca estaba satisfecha. Tras una vida en una precaria casita sobre la calle Ambrosetti a media cuadra de la puerta principal del Hospital (en ese entonces, el ingreso era por López Torres), luego de fallecer su madre, había decidido completar el deseo de ella: había que donar el terreno para que se hiciera un albergue para los pacientes y acompañantes que venían del interior al Hospital y no tenían donde pasar la noche.

Claro, ella estaba de acuerdo. Pero ¿a dónde iría ella?

Así fue que un grupo de bienintencionados voluntarios que ayudaban allí encabezados por el padre Jaime Vorwerk y la hermana María Virginia, le acercaron una propuesta.

Ella entregaba el terreno, ellos le gestionaban un departamento en el Iprodha.

“¡Ni pensarlo más!”, dijo. “Acepto”.

La buena mujer que había trabajado su vida en el Hospital en tareas de radiología vio la gran posibilidad de acceder a un departamento. “Yo no quiero que me regalen: no hay problemas. Tengo sueldo y puedo pagármelo”.

Testigo en todo momento

Mediados de 2021.

“Lo primero que recuerdo son las luchas”.

Aida Beyer de Carlés y el padre Jaime Vorwerk el cura del Hospital Madariaga por medio siglo

Es como la canción “Cuando comenzamos a nacer” de Charly García. La pregunta es sencilla: “Qué es lo primero que recordás” y Aida Beyer Carlés responde eso. Las luchas. Los esfuerzos.”

Aunque su cargo formal es de Tesorera en la entidad, todos saben que se trata de una verdadera factótum (o como dicen en el Alto Uruguay, una faz-tudo). Ha estado siempre en el Hogar y es la que más conoce los entresijos de historias increíbles.

Claro, para ella, no es cuestión de creer o no; ella es una mujer de fe.

“Había mucha gente que tenía un gran impulso y quería hacer algo. Pero nunca se llegaba a concretar porque hay que formar una Comisión Directiva; hacer una asociación, tener la personería jurídica”, explica la sempiterna Tesorera y organizadora de los papeles que es Beyer de Carlés, profesora (retirada) de Economía y Contabilidad y por lo tanto, habituada a los papeleos, formularios y notas. Ella tenía que ser. No había otra. Y desde hace 35 años.

“Esto se fue dando en el contexto de ocuparse en la Pastoral de la Salud y trabajábamos con el padre Jaime Vorwerk”. Se refiere al cura norteamericano que sirvió 50 años principalmente en el ámbito de la vicaría del Hospital y que se retiró en 2019.

“Las hermanas Siervas del Espíritu Santo tenían su lugar en el Hospital. El cura tenía su capellanía y ahí vivía. Era en lo que es hoy el Banco de Sangre. Padre Jaime era el capellán designado”, explicó.

“Había otros que tuvieron la idea, pero no avanzaba. En mi caso, estaba trabajando en la Pastoral con el Padre Jaime. Y él me insistía: “Tenés que ir; son los jueves. No sabía que me estaba metiendo en algo que iba a ser para toda la vida (se sonríe)…”

Empezaron a moverse en 1986 y en el 88 arrancó a funcionar el Hogar.

“Andando y andando y hablando con Vicegobernador y con gente del Iprodha buscábamos tener la vivienda porque el terreno ya lo habíamos conseguido”. Era el de Blanca Isabel Cherey.

Luis María “Neneche” Cassoni era el vicegobernador y se empezó a buscar por ahí. “Pero no recuerdo mucho porque además de familia, criar hijas, atender la casa, estaba trabajando afuera. Era docente en secundario de materias económicas (Contabilidad)”. En Escuela Comercio 1 y el Instituto Santa Catalina, añade Aída.

“Recuerdo a nuestro primer presidente Ramón Oscar “Cacho” Piriz, joven casado con la secretaria de la capellanía del padre Jaime, una chica de apellido Mondo (María Inés). Hizo su gran aporte ya que podía realizar trámites, consultas en horarios comerciales. Él estaba dedicado sólo al Hogar. Y fue así que empezamos. Ellos luego marcharon a Eldorado”

El Hogar Madre Teresa de Calcuta arrancó con la hermana María Virginia Coronil y el padre Jaime que además era el asesor espiritual…

Las Ñande Roga eran una viviendas industriales de madera que fabricaba el Estado provincial

Se buscó por todos lados una vivienda. Aida recuerda que se buscó por López Torres y Buchardo pero eso era muy lejos…

“No era nuestro interés hacerlo EN el predio del Hospital porque siempre tuvimos una impronta independiente. Y creo que todo fue guiado por Dios”, acota.

Ahí es cuando conocen a Blanca Cherey.

“Las chicas que trabajaban en el Hospital la conocían a ella. Los de la Pastoral de Salud tenían ese voluntariado en el alma. Y conocieron a Blanca. Ella se sumaba a las reuniones y a las misas. Nos reuníamos en la capellanía de Jaime. Y es Blanca la que sugiere. Teníamos la idea y las ganas. Y salió lo de ella”, recuerda Aída.

Para ella (Aída), mujer de fe si las hay, no quedan dudas: “Hubo una mano divina”.

El relato fue de María Virginia Coronil. “Entraron a rezar y Blanca le dijo a María Virginia: “Ya sé qué vamos a hacer. Quiero donar mi terreno, porque mi mamá siempre quiso que se use para una obra de caridad”.

La madre había fallecido y le había expresado esa voluntad. La casita muy precaria de madera y poco menos que se estaba por caer.

Aída memora que iba con sus dos hijas entonces y ellas jugaban en el patio. “Fuimos a visitarla a Blanquita y pasar un rato con ella”.

El terreno ‘caía’ para atrás. Tenía una pendiente negativa (el frente era más alto que el fondo). Hicieron falta cien viajes de camión con cargas de tierra para el relleno.

“¿Cómo era Blanca?”, inquiere el cronista.

“Tenía pelo oscuro, con algo de rulos. Era blanquita como su nombre, un poco gordita. No era una persona muy alta. Era una persona con mucha bondad. Ella era asistente de radiología”, es la descripción de la mujer que permitió todo y de la que –hasta el momento de redactar esta nota- no queda el registro de una imagen siquiera.

“Ella quería a cambio un departamento de Iprodha. Pero que estaba dispuesta a pagar las cuotas. Y salió uno de la chacra 32/33”, señaló Beyer de Carlés.

“Cuando todo se concretó, ella estaba muy contenta. Recuerdo (como si fuera hoy) que dijo: ‘Por fin voy a poder dormir con la ventana abierta’”.

Fundación alemana con dinero

No pudo disfrutar mucho, Blanca Cherey de su departamento en la chacra 32/33 del barrio Iprodha. Pero mientras, los trámites no se detuvieron.

“En mi caso, fue extraño. Había tenido una enfermedad rara: perdí la voz y quedé de licencia todo el año. Pero no dejé de trabajar en el Hogar”, recuerda hoy 35 años después Aída Beyer de Carlés.

“El estatuto lo redactamos en casa. No sabíamos mucho (sobre esas cuestiones formales). Así que fuimos haciendo como podíamos” añadió.

Al final, sale la famosa acta. Una declaración de traspaso de terreno a personas que quieren tener un hogar de tránsito o albergue para enfermos y acompañantes internados en el Hospital.

Estaba claro: su casa heredada estaba en condiciones muy precarias.

“¿Fueron a pedir una Ñande Roga?” (las viviendas de madera que el gobierno de entonces impulsaba).

“No, pedir (que nos regalen) no. Estaba el padre Gris como provincial, y dijo ‘Hay fondos para América latina’. Y hay una posibilidad de que se pida a una organización internacional que ayuda”.

Y se pidió y llegó.

La fundación alemana que dio dinero para adquirir la primera casa del Hogar.

“Y con eso (ese dinero) se compró la Ñande Roga. No fue donación de gubernamental sino de católicos del mundo. Una ONG (alemana) Adveniat fue la que dio la donación”, acotó.

Así llegó la transferencia de fondos.

“Recibimos juntos el dinero. Mandamos a hacer con una persona los planos pero después se perdió todo con el incendio de la Municipalidad.  Y nunca teníamos los planos. Queríamos ampliar y venirnos para el fondo”, recuerda avatares pasados, Beyer de Carles.

La primera vivienda sirvió para las mujeres. Esa estuvo al fondo del terreno en su parte más hundida.

Y por el costado (en perpendicular a la calle) estuvieron las mejoras para que queden los varones. “Ahí hicimos una galería con habitaciones de hombre.
Y adelante con la fachada que se conoce y con la sala de recepción”.

La primera casa para los varones. Era perpendicular al frente del terreno.

El primer paso estaba dado.

El Hogar Madre Teresa de Calcuta empezaba a hacerse realidad.

Aida recuerda a Raúl Valenzuela quien fue con su esposa Celia Soto ya que ella trabajaba con Estadísticas del Hospital. “Ambos participaban. Empezamos a invitar a gente para armar la CD. Teníamos que juntar 50 socios para tener personería jurídica y otros elementos”

Cuando se decide la transferencia del bien (básicamente el terreno con las humildes mejores) a nombre del futuro Hogar, hubo varias instancias formales que cumplir.

-¿Y qué pasa con los trámites en la transferencia del inmueble?

“Antes, estando en vida ella, hubo que ir a San Ignacio”.

-¿Para qué?, quiere saber el cronista.

Y allí vivía el hermano de ella, Ramón Cherey. Y tenía hijos. Era –como lo dice la ley argentina- el heredero universal al 50% del terreno de su madre.

“Pero el hermano de Blanca Cherey no puso objeciones. Ninguna. Y expresó que él aceptaba la voluntad de la madre y de la hermana. Y que no había ningún problema. Y puso el gancho. Y ahí agarra un abogado que se hacía cargo de la transferencia”.

Entonces ahí fueron a la escribanía y ella hace la propuesta: “si no conseguíamos la personería jurídica, volvería todo a ella (a Cherey)”.

Y el juicio sucesorio entra en esa fase límbica donde los trámites se detienen y no avanzan por siglos (o esa es la sensación, al menos).

“Un día viene, le pedimos al abogado que saque del juzgado el expediente y se lo lleva a la escribanía Fernández Sosa (avenida Cabred)”.

La escribana ya cursaba un cáncer. Pero su intención persistía: “Ya te voy a hacer”, era su mensaje.

Y luego se muere.

“Y vamos a hablar con el hijo Yayi.

“No, lo que mamá prometió, lo haremos nosotros”, fue su respuesta.
El problema era que los papeles no estaban. No aparecían.

Nadie los encontraba. No tenía testigos y Aída en persona lo había llevado y entregado en mano propia a la escribana.

Breve interregno.

(Justo hace pocos años atrás, los Cherey -hermano y sobrinos de Blanca- pidieron por ese departamento de Blanca en Posadas, porque alguno de ellos iba a venir a estudiar a Posadas. El problema era que ella lo estaba pagando. Y al fallecer, eso quedó perdido y es probable que haya vuelto al Iprodha. Y era Blanca la que pagaba. No pidió que le regalaran. Y la gente de San Ignacio pensaba que eso quedó a nombre del Hogar).

Fin del interregno

Lo anterior era un acta de transferencia muy precaria.

(Aída posee una copia que mandó plastificar de esa acta de transferencia precaria. Es como una constancia de los difíciles momentos y de los obstáculos documentales pasados. Ahí está. La tiene. La muestra. Es una forma de recordar todos los momentos vividos).

Que ¿cuánto tiempo llevó todo este proceso? “Y, la donación es del 86 y el título sale en 1998”. O sea, tardó doce años.

Cuando al final van a buscar, el expediente no aparecía por ningún lado.

Hasta que, tras mucho buscar, se lo encuentra en la Escribanía.

Pero ahí descubren que no estaba terminado el trámite.

Tardan otros dos años más en hacerlo. Y cuando la sucesión termina saliendo, la cosa se apura.

“Y pagamos una especialista (Bertolotti) que nos sacó en seis meses. Se llevó al escribano. Y, al final, con los papeles en regla y la presencia de integrantes de la CD se firmaron los comprobantes”.

Abril de 2021. Otro testimonio actual.

“Mi nombre es Hugo Lavallén y quiero dejar constancia de mi experiencia en el Hogar”. El hombre aclara que es de Eldorado.

“En primer lugar, muchísimas, muchísimas gracias de que exista un lugar así. Es de muchísima ayuda para quienes como en mi caso, lucho contra el cáncer desde 2015 y nos hemos quedado sin recursos.

“La atención ha sido excelente en todo sentido:

  1. En el trato que ha sido muy bueno. Se nos ha tratado con respeto y cariño; con amabilidad, algo tan necesario para nosotros que de por sí, luchamos contra enfermedades difíciles. Que se nos trate bien nos hace sentir bien para poder sobrellevar mucho mejor nuestra enfermedad
  2. Con mi esposa queremos dejar constancia de nuestro aprecio a: Rosalina, Evelyn, Yamila, Sonia, Claudia y quizás nos olvidemos de algún nombre. También muchas gracias a Sebastián y Gabriel. Todos contribuyen a dejar este hogar muy limpio y agradable.

“A quienes fueron de la idea de un lugar así ¡FELICITACIONES!

“A quienes sostienen un lugar así: muchísimas gracias (Mateo 25:34-40 hace referencia a la parábola del fin de los tiempos ‘lo que hicieren con los más pequeños, a mí me lo hacen, porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed me diste de beber; estaba desnudo y me vestiste; estaba sin casa y me diste alojamiento’).

Los años sin papeles, pero con atención

Así, desde 1986 hasta 1998, el terreno estuvo en una nube. Pero el Hogar como tal ya funcionaba.

“Eran espinas y por otro lado veíamos cómo funcionaba el Hogar”, reflexiona Beyer de Carles.

Claro era “en el aire”; pero funcionaban, gracias al aporte de los socios. “Hacíamos empanadas, pollos, arroz con pollo. Rifábamos todos los regalos de cumpleaños. Era divertido. Con la hermana Virginia a la cabeza, ya que ella era poseedora de una energía impresionante…Ahora está jubilada”.

“Teníamos una cuidadora con esposo. Muy artesanal (casi amateur) era todo”.

Pero volvían los malos tiempos y “decidimos cerrar. Porque el Ministerio nos daba 500 pesos para pagar a esa familia de cuidadores. Y de golpe, nos cortó”.

Y siguieron “pichuleando” subsidios. Pero no eran cifras significativas.

“Así que seguíamos a puras empanadas, aportes de los socios y así”.

El tema es Ella

En este punto Beyer de Carles toma su tiempo, respira profundo y decide volver a la esencia.

Y cuál es esa cuestión central.

Reivindicar a la Madre Teresa.

“La esencia de nuestro hogar era emularla en parte. Ese es el espíritu central que nos mueve”.

Agnes Gonxha Bojaxhiu​ nació en Macedonia, ahí en una zona al sur de los Balcanes encajada entre los viejos países de la ex Yugoslavia, con Albania y Grecia de vecinos. Su familia era católica de origen albanés.

Aída se toma un tiempo, y consigue una foto de Madre Teresa de joven.

“¡Es preciosa, ¿verdad?”, señala.

Sí, la verdad que sí. Aunque el autor busca la foto y la red muestra su lado más indigno: la imagen se trataría de Tran Anh Phuong una norteamericana de origen vietnamita que falleciera en 2008 en Virginia.

La supuesta Teresa (vietnamita fallecida) y la verdadera Teresa de joven (a la derecha).

Pero hay otras imágenes de Teresa (o Agnes) de joven y se la ve bien.

Muchos años después, cuando ya era famosa llegó al país. “Nos encantó verla. En los medios de comunicación la vimos; vino a la Argentina, creó congregaciones en varios lugares del país. Ella iba y veía si el lugar tenía las necesidades”.

Aída recurre a su memoria: Estaba el Hogar del Moribundo. El del enfermo de Sida. Los de la Lepra. Hay varios en el país, sin lugar a dudas. Se fue ramificando.

La red aporta su lado más venerable. La enumeración habla de siete lugares donde está plasmado el trabajo de Madre Teresa: Hay siete hogares: Béccar, Benavídez, Zárate y Mar del Plata (todos en Buenos Aires), Villa del Rosario (Córdoba), Malargüe y San Rafael (Mendoza) y Frontera (Santa Fe).

“El espíritu de ella era ayudar con alegría”, agrega.

La foto de ella muy joven vuelve a traer el tema. ¿Era albanesa o de Macedonia. “Eso no importa: ella fue india por adopción”.

“Vivió mucho en Calcuta, pero en tareas institucionales y docentes”.

Un día (al mejor estilo de Siddarta) salió de la congregación en la que estaba atendiendo criaturas y fue a la calle. Y como el creador del budismo, conoció la vejez, el dolor y la muerte.

“Ella era docente para niños y luego ve a esa gente pobre. Y se inspira. Y empezó a levantar moribundos. Se inició en un templo budista y ese lugar fue su primera casa”, exalta Aída.

“Para nosotros, siempre fue una inspiración. Aunque estaba viva la considerábamos una santa caminando y era inspiradora”, resume.

¿Cuál era la misión de las Misioneras de la Caridad que presidía Teresa? Como atendía a los desahuciados, y en muchos casos, moribundos en su fase terminal, el que se fuera de esta tierra, que se fuera con una sonrisa.

“A todas sus postulantes obligaba a que atiendan con una sonrisa”.

Al hacerse conocida, ella empieza a recibir ayuda internacional. Solo basten recordar las icónicas fotos con Lady Di, dos de las mujeres más importantes del mundo en el fin de siglo. Juntas, hablando, viendo cómo ayudar a la pobre gente.

(Piensa Aída en voz alta): “El Hogar Madre Teresa de Calcuta es una antena hacia el cielo. Y atrae las bendiciones. Porque realmente no se tenía nada. Y seguimos. Y seguimos”

Y para dar visos de realidad, señala: “Tenemos historias increíbles. Una vez fui a reemplazar a una de las chicas que trabajaba ahí. Y no teníamos yerba. Una púa que ni para nosotros ni para los albergados, nada ni yerba mate. Empezamos a contar las moneditas y ver si llegábamos a un cuarto o medio kilo. Y ahí nomás “ding”, suena el timbre. ¿Podés creer que era alguien que traía en donación cinco kilos de yerba?”

Sentadas: una albergadas, Mary Virginia, una invitada. Y Pelaya Ortiz. Parados: Andrés kozusny, Celia Soto, una invitada, Aída, Oscar cafaratti, Raul Valenzuela. Sra Cristina casera. Y dos albergados (la memoria de Aída en una foto del recuerdo)

Ahí se detiene y se vuelve reflexiva otra vez.

“Dios te da en el momento oportuno. Esa historia es clara. No sé quién era (el que trajo la yerba). O sí. Era un ángel”, redondea.

Otra confidencia. Porque eso de “la antena al cielo” tiene más historias.

“Estaba de guardia y para variar, muy pobres. Vivíamos de los socios y su aporte no era ni es tan alto, en general. Y arañábamos algo para ir tirando. Y aparece un hombre en una bicicleta rehumilde. Y pensamos: “¿Qué nos vendrá a pedir? ¿Qué le vamos a dar si no tenemos nada?”, recordó.

“Lo vemos venir. Y la verdad es que prejuzgamos. Viene y nos trae plata. Con una cartita. Bien manuscrita. Decía. “Sé que es poco; pero es todo lo que ahorré en esta cuaresma. Sé que ustedes van a ocupar mucho mejor que yo…”

Y se pregunta. “Si ésas no son bendiciones, ¿qué son?”

Memorias. Actualidad mediados 2021.

Alicia Quintana tiene una extensa relación con el Hogar Madre Teresa de Calcuta. Aunque no está desde el comienzo, al menos hace dos décadas que se halla integrada a la vida de la institución.

Alicia Quintana dentro del Hogar mientras explica su funcionamiento

“Empecé a relacionarme con el HMTC a través de Aida que me acerco a él. No recuerdo el año. Estaba aún la hermana Virginia. El edificio constaba de dos casas Ñande Roga. Me llamó la atención al entrar el brillo de los pisos, su organización, con guardarropas y servicio a las personas carentes de recursos que allí encontraban una cama limpia. Un oasis de descanso luego de cuidar sus enfermos internados”.

Resulta evidente que es “la marca del orillo”. El elemento distintivo del Hogar. Pero había más en la memoria de Alicia.

“Además (se destacaba) la calidez del personal en el trato, mucho amor y dedicación. Ahí residía la diferencia con un lugar de alojamiento pasajero: los visitantes se sentían en un hogar contenidos, aconsejados, apoyados para un viaje al centro en colectivo o cómo y dónde realizar determinados trámites”.

Alicia Quintana y el perchero con el que se ayuda a los alojados para darles vestimentas

Y sigue Alicia: “Generalmente llegaban con lo puesto, sin ropa ni calzados para cambiarse. Muy carentes. Recuerdo en una oportunidad a Ivonne una polaca robusta, trabajaba con el tabaco y trajo a su esposo enfermo de cáncer. Tenía un vestido de verano y ojotas. Y de repente empezó a hacer mucho frío. El ropero no contaba con vestimenta XXL (extragrande). Así que dos polleras de invierno, pulóveres y sacos míos fueron para ella. Arreglando y seleccionando ropas del ropero en un canasto, se ponían las que estaban muy estropeadas y se dejaba afuera siempre alguien llevaba. Viene Ivonne y me pregunta por esos harapos y me dijo que se los diera en un portuñol muy gracioso: “Esto me sirve para secar las patas cuando volvemos de la chacra”. Me enseñó que todo tiene utilidad hasta el final”.

Fin de la primera parte

A la segunda parte (y final) de la historia del Hogar Madre Teresa de Calcuta se puede acceder directamente desde aquí si se hace click en el siguiente link

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