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jueves, julio 25, 2024

Funes, la memoriosa: Borges tenía razón

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Resultó que la historia que contó en uno de sus libros Jorge Luis Borges se volvió profética. Solo que no fue Ireneo Funes sino que se llama Jill Price y no vive en las serranías uruguayas sino en Nueva Jersey. En lo demás, no sin sorpresas, todo es muy parecido.

“Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera”. Así comienza Funes, el memorioso, un cuento publicado por Jorge Luis Borges en 1944.

Con algún fundamento en las historias familiares llenas de gauchos y de militares que pelearon las luchas de la independencia, Borges mixturaba estos relatos con un poco de ficción. Y así surgió Funes. Allí relata la historia de Ireneo Funes, un gaucho del Uruguay que había quedado tullido luego de un accidente con un caballo. Con soberbia, Funes consideraba benéfico el golpe que lo había fulminado, porque le permitía recordar todo.

Lo mismo le ocurre a la protagonista de esta historia exactamente tres décadas después de JLB: El 1 de julio de 1974, la vida y la memoria de Jill Price cambiaron para no volver a ser nunca más las mismas.

Jill había nacido en 1965, en el sur de California. El 1° de julio de 1974, cuando tenía ocho años y medio, la familia se mudó a una casa alquilada en Los Ángeles. La mudanza significaba, para ella, un tremendo desarraigo, la pérdida de todo aquello que había sido. “Mi cerebro quebró”, escribiría años después.

Quizás fue el miedo a que los recuerdos de su propia infancia se disuelvan lo que provocó que algo en el mecanismo de su memoria se alterara. Es su mito de origen, similar al redomón que tumbó a Funes.

El narrador de la historia borgiana cuenta cómo conoció a Ireneo Funes por casualidad, mientras veraneaba en Fray Bentos. Iba con su primo cuando se cruzaron con Funes, al que preguntaron la hora y Funes les respondió con exactitud. Por lo visto, Ireneo Funes era capaz de saber siempre la hora como un reloj.

En 2000, Jill luego de 26 años fue a un profesional (el Dr. James McGaugh, médico especializado en la investigación de la memoria). Para comprobar la veracidad del problema que Price relataba, McGaugh recurrió a un libro recopilatorio sobre eventos del siglo XX. Empezando desde 1974, el doctor comenzó a hacerle una serie de preguntas:

– ¿Cuándo comenzó la ‘Crisis de los rehénes en Irán’?

– El 4 de noviembre de 1979.

– Eso no es correcto, fue el 5 de oviembre.n

– No es verdad, fue el 4.

Tras consultar otras fuentes, McGaugh se quedó boquiabierto: Price había acertado, el dato que figuraba en el libro era erróneo. Enfrente del doctor había un portento que podría explicar a la ciencia muchas cosas sobre el funcionamiento real de los mecanismos que forman el recuerdo. La posibilidad no podía ser desaprovechada.

En la ficción de Borges, al cabo de dos años, el narrador vuelve a veranear en Fray Bentos y se entera de que Funes sufrió un accidente que lo postró en la cama. El narrador, por aquel entonces, estudiaba latín y llevaba consigo varios libros latinos. Esto llega a oídos de Funes, que le escribe una carta y le pide prestados un libro en latín y un diccionario. El narrador se sorprende, ya que no es tan fácil y rápido aprender latín, así que le hace llegar un ejemplar lo bastante difícil como para que se le bajen los humos.

Pasa un tiempo y lo vuelve a ver. Funes está a oscuras en su habitación y lo recibe mientras habla en latín; le cuenta al narrador que desde que tuvo el accidente es capaz de memorizar en detalle cada instante, cada visión fugaz, cada sonido o temperatura. Dice haberle asignado un nombre a cada número y así pasa sus días, recordando con nitidez y a la perfección cada momento vivido. Funes es feliz con su nueva capacidad, dice que antes miraba sin ver, oía sin oír. Le entusiasman los pequeños matices, para él un perro de perfil nada tiene que ver con el mismo perro de frente. Había aprendido sin esfuerzo varios idiomas. El narrador sospecha de que Ireneo no es capaz de pensar, porque no puede olvidar diferencias, generalizar o abstraerse.

¿Y Jill?

Con el Dr. McGaugh,

Recordaba, por ejemplo, la fecha exacta de la Crisis de los Rehenes en Irán (el 4 de noviembre de 1979) porque en esa época era víctima de bullying en el colegio primario al que asistía. Pero si McGaugh le pedía que cerrara los ojos y describiera la forma en la que estaba vestido, Jill no acertaba.

En febrero de 2006 publicaron en la revista Neurocase el fruto de sus investigaciones, un artículo titulado Un caso inusual de memoria autobiográfica, donde escondían el nombre de Jill bajo las siglas “AJ”. Ellos acuñaron el término hipertimesia, que no existía hasta el momento.

Jill leyó las conclusiones del trabajo y sintió que su vida cambiaba para siempre. “Lloré”, declararía más tarde. “Me caían las lágrimas mientras lo revisaba. Finalmente alguien me escuchaba. Me había pasado toda la vida gritando hasta quedarme sin aliento y nadie oía nada.”

El artículo desató un pequeño revuelo en el mundo académico, pero sobre todo en los medios, que buscaban desesperados a la persona que se escondía detrás de esas siglas.

Así, durante cuatro años, McGuagh y su equipo sometieron a Jill Price a toda clase de pruebas, desde escaneos de su cerebro hasta  larguísimos cuestionarios para determinar el carácter específico del fenómeno.

A partir del trabajo de McGaugh, esta mujer acabó siendo la primera persona diagnosticada con hipertimesia.

En el relato de JLB, “Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien
sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles”.

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